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El rey de la casa


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Sigo con un poco de síndrome de Estocolmo con respecto a mi último trabajo. Durante más de un año he realizado una labor que me ha consumido, especialmente en lo que respecta a fuerzas, ánimos y ganas de seguir trabajando en esto. Y es curioso, porque se trataba de un puesto que lo tenía todo para que lo amara y no deseara jamás perderlo. Pero, lo que son las cosas, llevaba meses planificando cómo y cuándo dejarlo, e incluso adelanté un mes la fecha que me fijé en un principio.



Para mí, lo más difícil era asumir que no estaba huyendo de un trabajo tóxico, sino liberándome. Hasta que no lo vi claro, que se trataba de lo segundo, no me encontré en paz conmigo mismo. Desde que dejé de ser un asalariado, tengo la sensación de que he perdido mi capacidad de aguante, que cada vez que encuentro dificultades gordas, acabo mandando a la mierda al cliente o al trabajo en cuestión; lo cual no me gusta. Sin embargo, más que una bucólica búsqueda de la felicidad, creo que se trata más bien de evitar situaciones en las que la meta, más que un premio, es todo un castigo, quién sabe si sin retorno.



Y así estoy, con mucho tiempo libre de repente que ya se irá rellenando, y con ganas de que lleguen cosas nuevas. Lo mejor, que están llegando y que, espero, en breve no note económicamente la pérdida del que era mi mayor cliente y, por tanto, los mejores ingresos. Seré más pobre durante el tiempo que dure la recuperación, sí; pero mucho más rico en paz, tranquilidad, tiempo y ganas de hacer cosas. Eso no tiene precio...

Pussar och kramar!

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