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El rey de la casa


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Quien más, quien menos, hemos dicho u oído que, igual que no escribimos London, sino Londres, no debería ser un problema el uso de los nombres en castellano de ciudades cuyo nombre oficial está en catalán, vasco o gallego.



Sin embargo, llamar a una ciudad por su nombre en castellano puede convertirse en todo un despiste cuando se trata de localidades extranjeras. Ocurre especialmente con las medievales, rebautizadas en nuestro idioma por gente que jamás se planteó que, siglos después, lo de hablar varias lenguas sería más normal que entonces. Así, escribir de Plasencia en un reportaje sobre la Emilia-Romaña despistará a muchísimos, tantos como desconozcan que así se dice Piacenza. Y lo mismo ocurre con Tolosa, la francesa, que es Toulouse, entre otras.



También está el caso de las ciudades cuyo nombre en castellano no es que cree confusión con sus homónimas en España, sino que directamente no sabemos qué lugares son hasta que no las escribimos en su idioma original. Me ha pasado recientemente con Breslavia (que así es como se llama Wroclaw), una ciudad polaca que se suma a otras como Maguncia (Mainz), Lubeca (Lübeck), Lila (Lille) o Vilna (Vilnius).



Al final, se demuestra que, una vez más, es mejor ignorar reglas estrictas e ir adaptando el texto al lector, al momento, a la idoneidad, al mensaje... y que la pureza por la pureza, no es la solución. Pussar och kramar!

1 comentarios

  1. PasaElMocho  

    Zurigo, Estucardia, Francoforte...

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