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El rey de la casa


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Philipp Knefz, Mister Austria 2013. Ñam. Pussar och kramar!

Si fuese invierno, hoy diría que esto es lo que me espera...



Pero como es verano, lo que me voy a encontrar hoy cuando llegue a Innsbruck va a ser esto:



Pues sí, me voy a Austria. Va a ser la primera vez que visite este país y, en vez de hacer como el resto del mundo e ir a Viena, yo me largo a la capital del Tirol, que es la quinta ciudad más poblada del país y que, tras albergar dos Juegos Olímpicos, podría ser la sede del Festival de Eurovisión 2015 de confirmarse los rumores.

Voy a estar aquí cuatro día conociendo la ciudad y sus alrededores, las diferentes obras que ha levantado Zaha Hadid y cómo han adaptado el diseño moderno a muchas construcciones. Además, espero poder acercarme al corazón del Tirol y probar algo de su gastronomía típica. Y quién sabe, ojalá, pueda oír a un grupo auténtico de cantantes tiroleses... No por algo tuve como melodía en el móvil un canto de estos durante más de un año...



Pussar och kramar!



Ya lo he dicho alguna vez por aquí. Una de las cosas que más me gusta de volver a una ciudad es poder repetir pequeños gestos que me conectan con ella. No me ocurre en todas, claro está, pero sí en aquellas que me han marcado, de las que me he enamorado, donde he estado a gusto y he sido feliz. Volver al restaurante donde aquella vez... Entrar de nuevo en esa tienda donde encontré el libro... Pasear por la calle donde el número de merendables superaba todos los récords...

Lo que no esperaba es que esta máxima se volviera en mi contra. O más bien que me diera tan perfectamente cuenta de que me estaba perdiendo cosas muy interesantes en el portal de al lado por querer empeñarme en mi 'revival' turístico. Y lo viví en Londres.

Sí, me cuesta ir a esa ciudad y no entrar en la tienda de M&M's, incluso saliendo con las manos vacías como el otro día. Y sí, me cuesta no entrar en las tiendas de discos de Oxford Street, pasear junto al Big Beng, ir a Picadilly, curiosear por los escaparates de Jermyn Street, ir a algún restaurante del SoHo a comer... Pero esta vez, por temas de logística, no pude hacer prácticamente nada de eso. A cambio, por seguir los pasos de mis dos compañeros de viaje, conocí unas tiendas de ropa a las que quiero sí o sí volver con calma con el rubio para, literalmente, quemar la tarjeta.

Además, probé una rica comida italiana en un sitio llamado Vapiano que no conocía y que está lleno de locales encantados de pagar muy poco por un plato de pasta o pizza hecho al momento y, en el caso de la pasta, delante de tus ojos (es una cadena que tiene franquicias por todo el mundo, aún no en España). Y todo eso sin apenas alejarme de Regent Street, que suele ser mi base de operaciones tras el traslado de Manor House del rubio. Es decir, que aún me queda mucho Londres por descubrir sin necesidad ni de cambiarme de distrito... ¡Y yo ya tengo ganas de volver!

Eso sí, prometo comportarme mejor que hace unas semanas, porque me mimeticé tanto con la gente del Club de Tenis de Queens que no hice más que beber champán, vino blanco y, como siempre, el mejor Pimm's del mundo. Resultado: una borrachera que ni Massiel en sus buenos tiempos... ¡Con lo formalito que yo era! Pussar och kramar!



En este gráfico tan interesante falta una pregunta: ¿Le caes bien a las personas que deciden quién sigue y quién no en la empresa, las mismas a las que les da igual su alta productividad con bajo coste? Porque, por mucho que queramos evitarlo, por mucho que nos digan que somos números, que todo se ha deshumanizado en el ámbito laboral y lo que cuentan son los resultados, aún hay mucho de filias y fobias, de pulsiones, venganzas, amoríos y pasiones que, en más ocasiones de lo que nos creemos, valen más que cualquier cuadro de resultados. Pussar och kramar!

Reconozco que una de las cosas que menos me gustan de este mundo son las bodas. Las propias, porque exigen mucha dedicación, tiempo, esfuerzo, programación, peleas conyugales y, sobre todo, gasto. Las ajenas, porque obligan a vestimenta, desplazamiento, ruptura de la rutina, obligación de vida social no siempre de buen gusto y, sobre todo, gasto. Y justo ahora que no estoy para gastos, porque las lobás ya me las hago yo solito sin que nadie contraiga matrimonio, pues menos para bodas.

Lo único que ha cambiado es mi actitud ante las bodas. Antes me cerraba en banda a ir a cualquier boda en la que no fuera amigo de los contrayentes. Lo siento, no se ha hecho para mí lo de ir de consorte. Incluso me alegraba cuando mis amigos, buenos amigos, me decían que a su boda solo iban a ir hermanos y padres. Pero antes debo reconocer que una de las cosas que más me echaban para atrás era el tema de la ropa. ¡Qué rollo tener que arreglarse cuando se está muy gordo! Ahora, en cambio, como estoy en un periodo presumido, pues hasta que me alegré de tener que ir a Ezcaray (donde Cristo perdió la alpargata y unos tipos de la Guía Michelin van a dejar estrellas cada año) a una, ¡y de consorte! De hecho, estuve un mes planificando cómo ir, con compras de dos corbatas tras comprobar un problema de daltonismo fugaz con la primera.

El caso es que allí me planté, tras despertarme a las 5.30 AM en Venecia, coger un coche de alquiler con tres científicos locos (dos químicos y un bioquímico...) y tragar muchos kilómetros. Yo sabía que la pandilla de científicos era de buen comer, pero ¡madre mía cómo son cuando llegas a un pueblo donde no hay otra cosa que hacer que comer pinchos de autor! Porque Ezcaray, cuando no hay nieve y no tiene la estación abierta, es eso: una concentración de bares que mezclan lo mejor de La Rioja y del País Vasco a base de pinchos, raciones, buen vino y precios no tan abusivos.

Es decir, que desde el desayuno hasta la recena, todo fueron pinchos. Y la boda en sí, que era por la tarde, se celebró en Echaurren, el restaurante más afamado de la región. Si bien el descubrimiento de los bares y sus cocinas, especialmente la de uno que ponía unas orejas a la plancha que parecían boletus u otro que la carrillada parecía pastel meloso de carne, el del restaurante Michelin fue un bluf. ¿Sabéis eso de los trucos de un restaurante para que el menú degustación llene mucho sin necesidad de poner mucha comida? Pues sirvieron todos...

Mucho pan, a raudales; mucho vino y una separación entre plato y plato algo larga, especialmente porque no había tanto personal de sala como debía haber habido teniendo en cuenta el número de invitados. Luego, cada plato tenía su buena ración de puré de patatas (¿algo que llene más que los bollitos calientes recién horneados con puré de patatas?), que completaba unas raciones correctas o tirando a escasas. Y si querías repetir de algo, tenías que tener tú la iniciativa, no como otras bodas del norte a las que he ido que lso propios camareros iban con la bandeja para dar de más a quien quisiera... Esperaba más y, sobre todo, esperaba menos guiños a los tópicos caraduras.

Luego la boda, en sí, estuvo muy bien. Lo pasé genial, porque nos juntamos allí un grupo muy divertido, con todos científicos menos otro esposo y yo, y también porque la mitad de los invitados, los que venían de parte del novio, eran holandeses y eso siempre da un toque exótico al tema, sobre todo en lo que a temas musicales paralelos al pasodoble se trata. Me recogí temprano, como mandan los cánones, para permitir que el rubio se despendolara todo lo que quisiera (el chico en las bodas lo da todo y yo prefiero no presenciarlo). No me importaba, estaba muerto de sueño y no me había recuperado de los madrugones de los días anteriores. Y más si teníamos en cuenta que al lunes siguiente me iba a Londres... Y más si teníamos en cuenta que mi estado de ánimo y mi mente estaba, realmente, en otro sitio y, sobre todo, por los suelos. Pero eso es otra historia... Pussar och kramar!

Cualquiera que siga este blog habrá podido comprobar que la última semana no es que me haya prodigado mucho precisamente. De hecho, ahora que lo pienso, tampoco la anterior estuve muy fino, aunque eso es más que justificable si tenemos en cuenta que el miércoles salí muy temprano para Venecia, para asistir a la inauguración de la Bienalle y, sobre todo, a la exposición que Louis Vuitton ha organizado allí en torno a la serie de ilustraciones que sobre la ciudad ha creado Jirō Taniguchi...



Allí me hospedé en el impresionante Hotel Danieli, a un paso de la mismísima Plaza de San Marcos y del que he escrito un pequeño artículo en la web Loff.it Lo único malo fue que el viernes, como debía estar temprano en Madrid para salir en coche a una boda en Ezcaray, no podía esperar al primer vuelo directo desde Venecia, sino que tuve que coger otro, vía Roma, que llegara antes a Barajas. El caso, que a las 5.30 AM estaba dentro de un barco taxi cruzando la laguna... Solitaria como pocas...



Fue un madrugón. Una auténtica paliza si tenemos en cuenta que, entre una cosa y otra, estuve de un lado a otro, maleta en mano, durante prácticamente todo el día; y más si añadimos que nada más llegar a La Rioja comenzó una infernal expiral gastronómica en torno al mundo del pincho de autor... Pero eso es otra historia. Y confieso que, sólo por haber tenido la oportunidad de descubrir la belleza de Venecia vacía, mereció la pena. Pussar och kramar!



A lo largo de mi carrera, habré escrito alrededor de una docena de artículos sobre cómo aprender a hacer nudos de corbata. Todos los hice con un grave sentimiento de culpabilidad... ¡no sabía hacerlos! Nunca aprendí, más por desinterés que por otra cosa, pero el otro día me sorprendí con la necesidad de vestirme con corbata. Quería, más que otra cosa, ir a trabajar estrenando la que me compré para una boda y que al final no voy a llevar, así que me puse un tutorial en YouTube y...

¡HE APRENDIDO!

He necesitado 35 años, pero ya puedo decir que sé hacer nudos de corbata. En serio, si hubiera sabido que era tan sencillo cuando realmente te pones a ello, no hubiera tardado tanto en aprenderlo. Ahora toca saber hacer más de un nudo... pero para eso aún hay mucha vagancia y desinterés... Pussar och kramar!

Ayer pasaron muchas cosas, pero a mí me dio bastante igual todo. Y no porque no me alegrara de que por fin se vaya el campechano, o de que un juez borracho demuestre que SÍ, SE PUEDE dimitir en este país, o de que es posible acabar con todo un Gobierno local por prevaricación de un plumazo. Me alegro, y mucho. Pero ayer pasaron muchas cosas, y solo una me importó. No tanto como para no ver el capítulo de Juego de Tronos, ni para troncharme con la selección exquisita de tuits de personas con derecho a voto que se quejaban del cambio de programación en TeleCinco por causa de la abdicación...



Es interesante comprobar cómo dependiendo de lo que te afecte un hecho en particular todo lo demás deja de tener consistencia. Algunos dirán que es el YO egoísta que tenemos los hombres y que, por muy solidario que se sea, nunca deja de estar ahí. Pero yo creo que es, más bien, porque el dolor en carne propia, por muy empático que se sea, nunca es comparable al ajeno. No sé qué filosofo dijo que si cada hombre pudiera poner sus problemas en el centro de un círculo y luego cada uno coger el de otro, para así librarse de los suyos, nadie querría ninguno más que el suyo propio. Sí, serán dolorosos, pero son los nuestros. Y cuando surge, se convierte en titular de portada. El mío, ayer, tenía también seis columnas. Y como lo del Rey, tampoco nunca lo había presenciado en vida. Ver para creer. Pussar och kramar.