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El rey de la casa


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Esta es la camiseta que han diseñado en Nike para la Selección Francesa de fútbol de cara al Mundial de Brasil. Cualquiera que me conozca apenas un poco sabe que me rechiflan las rayas. Eso no quiere decir que me gusten todas las camisetas o polos rayados, pero sí una buena parte de este diseño. En concreto, me he enamorado de este diseño de Nike y ojalá pueda probármela y ver cuál es exactamente mi talla para, cuando sea rico, comprármela.

Sí, me temo que para hacerme con ella antes tendré que ganar la Lotería, porque vaya precios que se gasta Nike en este tipo de artículos. En su tienda oficial, directamente, te piden tu primogénito y un ojo: 85 € en su versión normal y 120 € en la técnica. Y la puedes encontrar algo más barata en algunas webs, pero de los 75 € no baja ninguna. Y mira, me gusta pero no soy tan fanático. Si fuese un seguidor del equipo, podría valorar el esfuerzo, pero no.

El caso es que no es la primera vez que me encanta el diseño de Nike para la Selección Francesa. Si echo la vista atrás, encuentro un buen grupo de diseños, no todos con rayas, que me encantaron y no me hubiera molestado tener en el armario, incluso lucirlos con su gallo en el pecho. Bastan unos ejemplos:


¡Qué pena ser pobre! Pussar och kramar!

El sábado fue un día que me encantaría repetir una y otra vez. No sólo por el gran descubrimiento que hice a media tarde, sino porque fue una jornada, como los donuts, redonda. Para empezar, levantarse temprano para ir a clase y que sea productiva e interesante, la última antes del examen del próximo sábado que aún no he empezado a estudiar y que, o me pongo las pilas, o me van a dar para el pelo. Y como no podía ser menos, con un buen desayuno, sin exagerar para mantener la línea.

Luego, una comida en un asturiano (aquí lo de mantener la línea pasó a mejor vida) para probar lo que ellos llaman 'cachopo' y que, como no me llamó la atención (le daré una segunda oportunidad si algún día voy a Asturias y voy a un sitio que me recomienden que lo hacen bien) yo calificaría como filetes hipercalóricos sosos con rebozado. Pero fue con gente muy simpática, un grupo de cinco científicos locos que tienen la habilidad de sacarme siempre una sonrisa.

Después, una buena caminata de dos horas por Madrid, aprovechando el buen tiempo, tratando de bajar la comida y con parada para que nos hicieran ¡un regalo de boda! Sí, hace más de dos años que me casé, pero aún hay gente que no nos ha hecho el regalo y quieren hacerlo. Y en el camino, un descubrimiento: la tienda Only USA, en la calle María de Molina, de productos estadounidenses.

¿Y qué había en el mostrador? ¡Una caja de M&M's sabor 'tarta de cumpleaños! Aún no sé a qué sabe exactamente. Quiero abrir el paquete un día especial o, al menos, uno que pueda paladearlos como creo que se merecen. No sabía ni que existían, así que el subidón fue apoteósico, digno de un orgasmo.



Y para rematar la jornada, un Frappuccino en Starbucks y que mi nutricionista me pillara en pleno momento de éxtasis con la nata montada y que me comentara, así como de pasada, que había 'frappus' light... Todo fue muy Murphy, porque realmente no me gustan esos batidos, que me sientan muy mal para la garganta, así que ahora tengo una imagen aún más reforzada de adicto a la marca americana en la mente de mi nutricionista... Eso sí, de los M&M's no le dije ni mu, que no era plan que me los confiscara... XD
Pussar och kramar!

No, no me he vuelto loco. Es una posibilidad, como también poder hacerlo dentro de un envase de fideos chinos de esos que sólo necesitan que se les eche agua hirviendo para estar deliciosos, o en una lata de Heineken. Querer, como dice el refrán, es poder. Aunque es más fácil si estamos en Seúl, claro. Allí se encuentra el Theme Hotel Room, un establecimiento muy especial en el que cada habitación está dedicada a la imagen de marca y al branding de alguna de las enseñas más reconocidas del mundo.



Así, no falta la habitación iPhone, que permite pasar la noche dentro de las famosas cajas blancas en las que viene el teléfono móvil de Appla; o hacerlo en una suite que cruza, de esquina a esquina, unas sandalias de Gucci. No es el único hotel raro de Corea, pero reconozco que, como adicto a Starbucks que soy, es el único por el que pagaría para pernoctar al menos una noche. Me pregunto si habrá barra libre de Frappucinos y magdalenas de arándanos en esa habitación...



Pussar och kramar!

Siempre he sido de la opinión de que un vaquero blanco es una prenda vedada a los chicos obesos. Sinceramente, creo que no le queda bien a ninguno, y prácticamente lo hago extensible a todo tipo de pantalones de ese color, incluso a las bermudas. Es por esta razón por la que nunca he tenido un vaquero blanco... hasta ahora. Resulto el tema de la gordura, era el momento de tener uno; algo que en mi interior siempre había deseado pero que había enterrado en el cofre de 'cosas que mejor no añorar porque es tontería'. Ése en el que también está el deseo de tener bíceps, triceps y pectorales desarrollados o presentar algún día el Melodifestivalen.

El caso es que ya tengo vaqueros blancos... Y de paso, un nuevo terror que atenaza mi existencia. ¿Por qué nadie dijo que tener pantalones de ese color te obligaba a vivir en un vilo ante las manchas que, casi sin darte cuenta, acaban tiñéndolo de arriba a abajo? Es ponértelo y en menos de cinco minutos ya hay una o dos manchas, marcas de roces y no sé cuántas cosas más, que imposibilitan el que puedas lucirlo durante varios días sin necesidad de lavarlos una y otra vez.

Con lo feliz que está uno con sus vaqueros añil, despreocupado de si se mancha o no, si te rozas o no, si se derrama una gotita de algo... ¡o incluso un rayón de bolígrafo! En cambio, ahora, con el corazón en un puño, casi que mejor vivo en una burbuja cada vez que me quiera poner los vaqueros blancos que, además, después de buscarlos en tiendas baratas sin éxito, acabaron siendo mis primeros Levi's en 20 años... ¡Lee, perdóname! Pussar och kramar!


En una época en la que no existían bombillas de bajo consumo, un grupo de párvulos del colegio San Ildefonso se emocionaba con las 'Aventuras de Bombilla'. Era un libro, o al menos yo lo recuerdo así, de tamaño cuartilla, no muy grueso, de lustrosas tapas rojas y una gran bombilla en el centro.

Hubo dos títulos que marcaron mis primeros años de edad escolar: 'El zoo de Pitus' e 'Historia de Bombilla'. Si bien el primero es fácil de encontrar, especialmente en catalán, dado que es una obra maestra de la literatura infantil en ese idioma (no me importaría releerlo, al igual que su continuación: 'Festival en el barrio de Pitus'), el segundo es todo un desafío. Descatalogado hace casi treinta años, resulta imposible encontrarlo, al igual que 'Nuevas aventuras de Bombilla', el segundo volumen de la obra de Günter Herburger.

En Amazon venden un único ejemplar, de segunda mano, por 418 € más gastos de envío. Encontrarlo en traperos o librerías de viejo es tarea imposible. No sé qué tiene esa obra, pero quizás merecería la pena volver a editarla, sobre todo porque si tiene ese valor su primera edición, y sobre todo lo que para muchos supone en nostalgia, no creo que tuvieran problemas en volver a quedarse sin ejemplares disponibles. Ahí hay negocio. Pussar och kramar!





¿Por qué cuesta tanto dar un puñetazo en la mesa y reivindicar el valor de uno mismo ante quien abusa de él? ¿Por qué es tan fácil aprovecharse de ese miedo natural que tenemos todos a perder la seguridad de lo malo conocido, aunque sea tan nauseabundo y pestilente que haría vomitar a cualquiera? ¿Cómo vemos tan sencillo el beneficio que representaría para un amigo mandar a tomar por culo a más de uno y más de dos y, al mismo tiempo, somos incapaces de llevarlo a cabo? ¿A qué nivel de estrés hay que llegar para que, de verdad, tomemos conciencia de que es necesario llevar una vida, quizás sin lujos, pero sí con una paz de espíritu y calidad que ya quisieran algunos con nóminas que multiplican por 5 el salario mínimo?

Y la cara de bobo que se te queda cuando por fin lo haces y resulta que lo que te esperaba tras el salto no es un mar de piedras, sino una vida nueva y mejor... Maldita inseguridad. Pussar och kramar!

Foto: Dean Treml, AFP/ Getty Images



Llegó por fin la noche que los eurofans esperamos año tras año: el comienzo del Festival de Eurovisión. Es momento de ver la primera semifinal y, en unos días, vibrar con las puntuaciones, los doces, las injusticias... Este año reconozco que me he despegado bastante. Entre que el Melodifestivalen no fue muy interesante y que las canciones de Eurovisión no terminaban de engancharme, casi que me he perdido estos meses de debates, charlas y demás entre amigos eurovisivos. De hecho, casi ni me enteré de cuándo fue la final española, ya que ninguna de las candidatas me gustaba mucho (eso sí, luego, con las escuchas, me quedé prendado de Brequette y de Ruth Lorenzo, la ganadora).

Sin embargo, la magia de Eurovisión ha vuelto a hacer de las suyas. Una vez oí la versión en estudio de todas las canciones, la que más me convencía era Irlanda, junto a Italia, España e Israel (sí, muchos países que empiezan por I o vocal). Luego he ido añadiendo a Eslovenia, Albania (es curioso, son dos países que suelen estar entre mis favoritos muchos años) y, sobre todo, Alemania.

No sé qué tiene la canción de Elaiza, pero transmite un buen rollo, unas ganas de tatarear, bailar, cantar... contagiosas. No creo que tenga mucha fortuna en el concurso, porque me da la sensación de que necesitas varias escuchas para engancharte a ella, pero espero que le vaya muy bien.



Espero que no gané Armenia, la favorita, y mucho menos Azerbaiyán, que son unos tramposos. Quién sabe, igual vuelve a sonar la flauta y es una de las que me gusta la vencedora, y no las que quedan al final, como casi siempre... El sábado lo veremos. Pussar och kramar!

Últimamente me dicen que soy un tímido redomado. Yo, cuando lo oigo, alucino un poco porque, siendo sinceros, no es que me dé mucha vergüenza ponerme a hacer según qué. No me molesta hablar en público, por ejemplo, ni ponerme a hablar en otro idioma o atender a invitados desconocidos... Lo que sí he notado es que la timidez se hace cada vez más patente cuando se trata de hablar de mí. Y puede resultar, cuanto menos, difícil de entender en tanto que tengo un blog y en entradas como esta me dedico a hablar de mí, pero así lo veo yo. No hay nada más pudoroso que abrirse, hablar de ti no ya desde la sinceridad, sino desde la brutal y descarnada realidad, aquella que a veces ni tú mismo conoces.

Otra cosa es el sentido del ridículo. Ese lo tengo más que desarrollado. De hecho, tengo tanto que traspasa el propio y me hago con el de cualquiera que esté a mi lado. Ya me da vergüenza y lo paso mal por mí y por el resto. No me siento cómodo con amigos que tienden a ser un poco payasos por la calle o en público, aunque llevo años tratando de acostumbrarme y evitar salir corriendo, por ejemplo, y eso lo extiendo a lo que mi psicóloga llama exceso de autoexigencia, porque no sé no involucrarme al 100% cuando sé que puedo realmente hacerlo tan perfectamente bien que asuste.

Quizás lo malo es que quiera hacer las cosas tan perfectamente bien que acabe frustrado... O que tanta frustración y molestias estén tan poco recompensadas en facetas como la económica que termine estresado y con ganas de tirarlo todo por la borda.

La única certeza es que, cada día de pasa, lo que más me apetece es gozar de un golpe de suerte que me haga millonario de golpe y no tenga que trabajar nunca más en nada, ni en lo que me gusta. Lástima que el mundo esté lleno de boletos no premiados... Pussar och kramar!