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El rey de la casa


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Reconozco que una de las cosas que menos me gustan de este mundo son las bodas. Las propias, porque exigen mucha dedicación, tiempo, esfuerzo, programación, peleas conyugales y, sobre todo, gasto. Las ajenas, porque obligan a vestimenta, desplazamiento, ruptura de la rutina, obligación de vida social no siempre de buen gusto y, sobre todo, gasto. Y justo ahora que no estoy para gastos, porque las lobás ya me las hago yo solito sin que nadie contraiga matrimonio, pues menos para bodas.

Lo único que ha cambiado es mi actitud ante las bodas. Antes me cerraba en banda a ir a cualquier boda en la que no fuera amigo de los contrayentes. Lo siento, no se ha hecho para mí lo de ir de consorte. Incluso me alegraba cuando mis amigos, buenos amigos, me decían que a su boda solo iban a ir hermanos y padres. Pero antes debo reconocer que una de las cosas que más me echaban para atrás era el tema de la ropa. ¡Qué rollo tener que arreglarse cuando se está muy gordo! Ahora, en cambio, como estoy en un periodo presumido, pues hasta que me alegré de tener que ir a Ezcaray (donde Cristo perdió la alpargata y unos tipos de la Guía Michelin van a dejar estrellas cada año) a una, ¡y de consorte! De hecho, estuve un mes planificando cómo ir, con compras de dos corbatas tras comprobar un problema de daltonismo fugaz con la primera.

El caso es que allí me planté, tras despertarme a las 5.30 AM en Venecia, coger un coche de alquiler con tres científicos locos (dos químicos y un bioquímico...) y tragar muchos kilómetros. Yo sabía que la pandilla de científicos era de buen comer, pero ¡madre mía cómo son cuando llegas a un pueblo donde no hay otra cosa que hacer que comer pinchos de autor! Porque Ezcaray, cuando no hay nieve y no tiene la estación abierta, es eso: una concentración de bares que mezclan lo mejor de La Rioja y del País Vasco a base de pinchos, raciones, buen vino y precios no tan abusivos.

Es decir, que desde el desayuno hasta la recena, todo fueron pinchos. Y la boda en sí, que era por la tarde, se celebró en Echaurren, el restaurante más afamado de la región. Si bien el descubrimiento de los bares y sus cocinas, especialmente la de uno que ponía unas orejas a la plancha que parecían boletus u otro que la carrillada parecía pastel meloso de carne, el del restaurante Michelin fue un bluf. ¿Sabéis eso de los trucos de un restaurante para que el menú degustación llene mucho sin necesidad de poner mucha comida? Pues sirvieron todos...

Mucho pan, a raudales; mucho vino y una separación entre plato y plato algo larga, especialmente porque no había tanto personal de sala como debía haber habido teniendo en cuenta el número de invitados. Luego, cada plato tenía su buena ración de puré de patatas (¿algo que llene más que los bollitos calientes recién horneados con puré de patatas?), que completaba unas raciones correctas o tirando a escasas. Y si querías repetir de algo, tenías que tener tú la iniciativa, no como otras bodas del norte a las que he ido que lso propios camareros iban con la bandeja para dar de más a quien quisiera... Esperaba más y, sobre todo, esperaba menos guiños a los tópicos caraduras.

Luego la boda, en sí, estuvo muy bien. Lo pasé genial, porque nos juntamos allí un grupo muy divertido, con todos científicos menos otro esposo y yo, y también porque la mitad de los invitados, los que venían de parte del novio, eran holandeses y eso siempre da un toque exótico al tema, sobre todo en lo que a temas musicales paralelos al pasodoble se trata. Me recogí temprano, como mandan los cánones, para permitir que el rubio se despendolara todo lo que quisiera (el chico en las bodas lo da todo y yo prefiero no presenciarlo). No me importaba, estaba muerto de sueño y no me había recuperado de los madrugones de los días anteriores. Y más si teníamos en cuenta que al lunes siguiente me iba a Londres... Y más si teníamos en cuenta que mi estado de ánimo y mi mente estaba, realmente, en otro sitio y, sobre todo, por los suelos. Pero eso es otra historia... Pussar och kramar!

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