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El rey de la casa


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Galería de arte

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Ayer tenía previsto ir a las clases de gimnasia de la mañana, pero me surgió un imprevisto y no pude quedarme, por lo que decidí sustituirla por la clase de Pilates que hay los miércoles por la tarde en la clínica en la que estoy perdiendo peso. Era muy escéptico porque, aunque nunca lo había hecho antes, tenía la sensación de que no me serviría para nada. ¡Qué equivocado estaba!

Por un lado, debo confesar que me ha encantado, en cuanto al trabajo en sí. Los diferentes ejercicios que hicimos nos permitieron trabajar los músculos interiores, así como los abdominales y los grupos musculares de las extremidades. El resultado, una vez más, fue trabajar todo el cuerpo, sintiendo que las articulaciones habían hecho mucho ejercicio (mi cansancio daba buena muestra de ello) pero todo ello sin acabar ni sudando ni arrastrándome por el suelo. Y además sentía el abdomen como nunca, señal que había trabajado los músculos la mar de bien.

Por otro lado, y creo que ha sido lo más importante para que haya acabado encantado, está Carlos. Es el profesor, un chico de veintimuchos con una sonrisa increíble a juego con un cuerpo aún más arrebatador: tableta marcada y un pectoral impresionante, pero definido y ajustado para estar musculoso sin ser armario ropero. Si a eso le sumas unos ojos claros muy bonitos, que es muy guapo, pelo castaño claro muy cortito y que es algo más bajito que yo, el resultado es EL HOMBRE PERFECTO. Vamos, que no me pienso perder, salvo fuerza mayor, ninguna de sus clases.

Independientemente de lo merendable que está, el chico encima es muy majo y su forma de dar clase me ha encantado. Y no, no tiene nada que ver que cuando se agachara o nos explicará con su cuerpo cómo hacer los ejercicios se le marcara un culo increíble, en serio. Al acabar, me quedé hablando un poco con él. Traté de no mojar las bragas cuando me felicitó. Me dijo que respiro muy bien, que cogí la cadencia al segundo (yo creo que esto se debe a mi pasado de nadador de competición), y que consideraba que lo había hecho correctamente. Vamos, que soy fan, pero muy fan. Pussar och kramar!



Esta impresionante fotografía es la de un camino cuajado de jacarandas en flor en Sudáfrica. Creo que hay pocos árboles que me parezcan más bonitos que estos cuando deciden dar la bienvenida al mundo con sus flores (también me gustan los cerezos, pero los que he visto son menos tupidos al florecer y duran muy poco en ese estado). En Jerez, hubo una temporada que al Ayuntamiento le dio por poner jacarandas en todos los nuevos barrios, que se llenaban de su característico color morado y que, por desgracia, también lo hacían con las aceras y la calzada, que se ponía un poco resbalosa.



No me considero una persona cursi, pero creo que caminar sobre caminos con árboles floridos es una experiencia romántica e increíble. No me extraña que, a la hora de imaginar sueños amorosos, las flores reinen con tonos pasteles. ¿Hay algo más mágico que una lluvia real de pétalos de flor en pleno bosque? Pussar och kramar!



Hacía algunos días que no contaba nada acerca de mis aventuras en el gimnasio. No, no es que lo haya dejado o me diera pereza. La semana pasada fui dos días. Iban a ser tres, pero el último decidí convalidarlo por una caminata de 45 minutos a paso rápido desde la Clínica a la que voy para adelgazar hasta mi casa. De hecho, lo hice no sólo porque me daba algo de pereza de cambiarme de ropa y ducharme y salir mojado del gimnasio en plena ola de frío, sino también porque quería averiguar cuánto tardaba en hacer el trayecto andando, ya que pretendo hacerlo cuando haya mejor tiempo y cuando no tenga cargado el nuevo metrobús de la EMT, que ya no entiende de meses, sino de recarga de 30 días.

El caso es que la semana pasada, los dos días que fui, no paso nada reseñable. Estuve en horas que no me gusta mucho y, aunque no tuve que pelear por las máquinas, tampoco encontré grandes alicientes visuales que me entretuvieran. Empecé a aplicar la tabla de ejercicios que me puso el experto en educación física de la clínica, que pasa por un calentamiento bastante concienzudo. Debo reconocer que no sé hacerlo muy bien. Es con mancuernas de poco peso y no suelo sobrepasar los cinco minutos, cuando deberías estar casi el doble. Así, hoy decidí no ir tampoco al gimnasio y quedarme a la clase de gimnasia de la Clínica, ya que me gustaría aprender a calentar bien las articulaciones. Como me temía, allí el calentamiento duró más de 15 minutos y cuando acabó tenía todo el cuerpo combustionando calorías.

He pensado que voy a dejar de ir al gimnasio convencional y me voy a centrar en el de la Clínica. Para empezar, no es un dinero extra (y por poco que sea, no ando muy allá de pasta, sobre todo desde que cobro menos paro del que me dijeron en el Sepe que cobraría) porque está incluido en los servicios del centro. Por otro, es una hora diaria con un entrenador especializado en gimnasia para los que queremos perder peso, y todos los ejercicios están enfocados a quemar grasas sin machacarnos las rodillas ni ninguna articulación. Además, tres veces por semana hay fitness de hipopresivos, que es lo mejor para perder barriga.

Mi amigo Ricardo dice que, aunque vaya al gimnasio de la Clínica, que no deje de apuntarme al que había visto cerca de casa y al que pretendía apuntarme cuando acabara este mes mi bono del municipal, para que coja hábito y lo tenga creado para cuando ya esté en mi peso. Creo que tiene razón, pero voy a posponerlo unos meses, porque no tengo mucho dinero y prefiero coger ese ritmo cuando me quede algo menos de la mitad del tratamiento.

Lo único malo es que en las clases de gimnasia de la clínica soy el único chico. Somos pocos pacientes varones y todos son mayores que yo (salvo dos, el resto me saca más de 25 años...); y ninguno va a gimnasia. En fin, toca centrarse más que nunca en el ejercicio.

Ayer fue mi primer día. Trabajamos tablas de ejercicios con bandas elásticas y acabé cansado pero satisfecho. Había ejercitado todos los músculos y notaba mi cuerpo, sin sudar, quemando todo tipo de calorías. Así da gusto hacer deporte. Pussar och kramar!

¿Puede haber alguien en el planeta al que no le guste el cine? Yo creo que es imposible. Es decir, te puede desagradar cierto tipo de películas, algunos actores concretos, una temática... pero en sí el cine como arte, me niego a pensar que haya alguien que lo deteste y que hubiera preferido que los hermanos Lumière se hubieran dedicado mejor a patentar la batidora.

Otra cosa es ser cinéfilo. Yo no encajo en esa descripción. No me pirro por ir a una sala a ver una película. Ahora la excusa perfecta es el precio, pero reconozco que antes tampoco iba mucho (salvo cuando estudiaba, que en Pamplona había una oferta de entradas a 350 pesetas si tenías un saldo mínimo en tu cuenta de ahorros de Caja Pamplona). Las películas que a mí me gustan suelen ser bastante malas y no merecen la pena el gasto. De hecho, se pueden ver en el salón de casa sin perder un ápice de efectos, sonido o paisaje. Así, no seré yo el que se quede en vela la noche de los Oscars para conocer a los ganadores de las estatuillas.

Sólo lo hice una vez. Fue precisamente en Pamplona, en tercero de carrera, y todo para estar con mis amigos, que sí eran muy cinéfilos y que no se lo perdían por nada. Así, me dispuse a pasar con ellos muchas horas, oyéndoles hablar de películas que no había visto y cómo argumentaban quién debía recibir un premio. Como suele ser habitual, hicimos una porra. Entraban todos los premios, incluso los menores, por lo que para mí era una odisea escoger. Al final, lo hice bajo parámetros de elección poco 'profesionales': el más guapo, el país que me cayera mejor, el que parecía simpático... Conclusión: gané la porra y varias miradas de odio de mis amigos. No habíamos apostado nada y, amaneciendo, me fui a mi casa a dormir, tras un paseo por la gélida ciudad (cómo me alegraba de estudiar en turno de tarde).

Lo de mis amigos con el cine era pasión. De hecho, muchos de esa noche están ahora trabajando en esa industria, dos de ellos incluso en Hollywood. Yo aún lo recuerdo como una pérdida innecesaria de horas de sueño. Me falta, como dice la canción, ese 'je ne sais quoi'. Vamos, que sólo pasaría la noche en vela por Eurovisión, si me pillara en otro huso horario, y poco más. Pero eso es porque por algo soy eurofan, ¿no?
Pussar och kramar!

Una de las cosas de las que me siento muy orgulloso de mí es que no tengo nunca problemas en admitir un cambio de opinión o un error. Este fin de semana me ocurrió la primera de las cosas. Peibols escribió el siguiente twit:



Acto y seguido, yo contesté:



La primera vez que oí la canción, me pareció lo que es: otro tema de Pitbull sin gracia que menos mal que está la Aguilera y el sampler de 'Take On Me' para levantarlo un poco. De ahí que le contestara al bueno de Pei con un poco de sarcasmo. El problema, que la escuché una segunda vez. Luego una tercera. A la cuarta me di cuenta que había hecho mío el 'guilty pleasure' de mi compañero twittero. El resultado: ya está en mi iPod y cada vez me gusta y engancha más. Vamos, que oigo a Pitbull varias veces al día... Así me va. Pussar och kramar!

Prácticamente desde su aparición en exclusiva para móviles de Apple, la aplicación de retoque fotográfico Instagram ha sido un fenómeno de éxito. La fiebre por hacer fotos y tratarlas con alguno de los múltiples filtros que permitía el programa llegó a tal punto que prácticamente era complicadísimo, casi imposible, ver en el Twitter o en el Facebook de tus amigos ver una foto normal, tal cual se recogía con la lente. Que si sepia, qeu si la envejezco, que si le doy profundidad con negros... Lo que no me esperaba es que la fiebre por los filtros extraños llegaría a la prensa de moda.



En concreto, me refiero al suplemento SModa del diario El País. No soy lector del mismo de forma habitual y, por lo tanto, no sé hasta qué punto es frecuente o no lo que voy a comentar, pero he estado leyendo varios reportajes y me ha llamado la atención negativamente el tratamiento fotográfico que hacen de los retratos. Con un exceso de oscurantismo, incluso irrealidad a la hora de plasmar los colores, consiguen que los personajes no parezcan cercanos ni normales, sino más bien maniquíes, muñecos animados algo inquietantes y que prefieres no encontrarte de noche en un callejón oscuro.



Al ver a los protagonistas de las foto, lo normal es que uno piense que es que se trata de personas poco agraciadas. El problema surge, como me ha pasado a mí, cuando conoces en la vida real a algunas de las personas que ahí salen. Mi reacción fue echarme las manos a la cabeza. Buena aprte de ellas, en la vida real, son mucho más guapas que en esas fotos, para las que se han arreglado y maquillado para lucir mejor que nunca. ¿Exceso de estilismo? No. Exceso de retoque digital, de filtro de luz, de PhotoShop, de quiero y no puedo.

Aplicar el mismo tratamiento fotógráfico al trabajo de diferentes fotógrafos, o en temas que no tienen mucho que ver, es conseguir una unidad de diseño forzada que, a la larga, resulta peligrosa en tanto que agota al lector. Además, es desacertada porque denota que no se piensa cómo ilustrar cada reportaje, sino que lo mismo da, porque todo lo paso por el mismo tamiz. ¿Tan complicado resulta hacer la foto y tocar lo mínimo para respetar a la realidad? Una entrevista no es un editorial de moda y cuanto más acerquemos al lector al personaje, tanto en la imagen como en el texto, mejor será nuestro trabajo. Pussar och kramar!

La empresa de transportes de la región de París, la RATP, siempre se ha caracterizado por campañas publicitarias de gran calidad. Una de las últimas que ha presentado debo reconocer que me tiene embelesado. Con dibujos que recuerdan a la pluma de René Goscinny, el gran dibujante francés, los carteles recuperan la esencia de esa ciudad mágica que fue París en los años 50 y 60, y abandonan el excesivo modernismo que muchas veces impone el ser el centro neurálgico de la moda mundial. Como fan que soy de 'El pequeño Nicolás', me declaro enamorado de este modo de 'aimer la ville'. Pussar och kramar!

¡DRAMA! No pensé que me pudiera pasar, pero ocurrió. Todo transcurría con normalidad. Esta mañana fui al gimnasio un poco más tarde porque tuve que esperar a un mensajero. Así, sobre las 11 entraba en las instalaciones. No me sonaba ninguna cara, algo que no me extrañó porque a esas horas yo ya suelo estar fuera. Además, el nivel de merendabilidad estaba por los suelos, hasta casi el final que llego el chico moreno del culazo y cuerpo 10. De hecho, sólo merecía la pena de verdad un chico algo mayor que yo con unos pectorales increíbles y no mazado (como creo que me lleva unos años, me alegré de poder pensar "ojalá esté como él de mayor"). Pero el resto, nada.

Pero el drama no fue esto, fue el darme cuenta, cuando me subía a la cinta y la ponía en marcha de que ME DEJÉ EL IPOD EN LA TAQUILLA!!!! Como imaginé, se me hizo todo mucho más lento que de costumbre (me daba pereza bajar una planta para ir donde las taquillas, abrirlo todo, rebuscar en la bolsa...).  Mi subconsciente dijo que podía hacer las veces de iPod y hacer sonar canciones en mi mente. No sé qué hice, pero no podía parar de resonar en mi cabeza esta canción...



No le deseo a nadie esos 45 minutos largos que no conseguí quitármela de la cabeza. Gracias desde aquí a quien tuvo la feliz idea de poner música en el gimnasio, nunca me alegré tanto de oír a Nancy Sinatra.

Coincidí con un chico joven, no sé si tendrá ya los 20, que estaba en una cinta mientras yo pedaleaba en las bicis. Es muy obeso y estaba haciendo varias de las cosas que a mí me ha prohibido y que me han explicado que ni se me ocurra hacer hasta que no pierda bastante: correr y entrenar con zapatillas planas. Estuve tentado de decirle algo, pero me dio cosa y no me hubiera sentado nada bien que me mandara lejos y que me limitara a mis asuntos. El caso es que me callé, pero espero que alguien le diga algo porque es una pena que se esté pegando esa paliza para perder peso cuando va a perder mucho más con una caminata a velocidad alta pero sin correr y con un calzado que amortigüe su peso, lo que le permitirá aguantar más tiempo sin que le duelan los pies. Parece que no, pero se aprenden muchas cosas con esto del fitness. Pussar och kramar!

 Definitivamente, lo de ir por la tarde al gimnasio no es lo mío. Ayer fui a las 5 y llegué algo cansado de toda la mañana sin parar. Así, fue empezar a ejercitarme y me sentí mucho más agotado y sin fuerzas que cuando voy a primera hora. Ya me he decidido a, siempre que pueda evitarlo, no ir después de comer. Además, hoy empezaba por fin la rutina personal que me ha puesto el experto en Educación Fisíca de la clínica a la que estoy yendo para adelgazar, por lo que tenía muchas ganas de hacerlo bien y no he podido bordarlo por culpa del agotamiento.

He vuelto a calentar con musculación y, eso sí, después me centro exclusivamente en las máquinas de cardio, sobre todo la cinta y la elíptica, que apenas la cogía y que me ha dicho que es fundamental y donde voy a conseguir mejor rendimiento. Además me ha prohibido las máquinas de abdominales. Me ha dicho que la tripa se baja con dieta y que, cuando la grasa abdominal baje mucho, entonces ya los haré, pero mientras que lo deje y me dedique a ejercicios de musculación hipopresivos y con movimiento para trabajar varios grupos de músculos a la vez. Por ahora, soy algo torpe al hacerlos, pero espero cogerle el tranquillo.

Lo único bueno de ir a las 5 fue que coincidí con la hora de los Bollycaos. No, no me refiero a una merendola, sino a que el gimnasio estaba bastante concurrido de dieciochoañeros metiéndose caña en la zona de musculación. Jovencitos cuadrados (otros no tanto), que lo estaban dando todo por sus biceps y abdominales. Sobre todo me llamó la atención uno que para hacer un ejercicio necesitaba tener la camiseta subida y tocarse el abdomen todo el tiempo (y qué abdomen!!). Es el mismo que luego se puso en una máquina a hacer unas torsiones que ni un artista de circo. Además de guapo, elástico, así da gusto.

Y hablando de guapos. ¡Por fin coincidí con un súper adonis! Hacía tiempo que no veía a un chico tan guapo, con unos musculos grandes pero definidos y una sonrisa increíble. Vamos, para sentarte a su lado y admirarle mientras se entrena con una bolsa de palomitas y un refresco. Me hizo gracia su camiseta, de color amarilla y en la que se podía leer: "Cuidado, tengo armas de defensa", con un puño cerrado gigante. Por cierto, que ahora que escribo sobre camisetas. Apareció otro chico con una del Manchester, pero ni de lejos tan interesante como el auténtico Manchester de las mañanas. Le llamé el falso Manchester.

Próxima visita, mañana viernes. Pussar och kramar!



No soy lo que se dice un 'auryner', es decir, un fan a ultranza del grupo Auryn, pero reconozco que me gustan muchas de las canciones que les he oído y que saben (o quienes les llevan la carrera musical) escoger bastante bien sus singles, pues son los mejores temas de su, hasta ahora, único disco. Este fin de semana lanzaron la primera de las canciones del que será su segundo trabajo y 'Heartbreaker' me ha convencido, a pesar de sus errores con el inglés (me pregunto si, en el caso de que Olly Murs fuera famoso en España, hubieran presentado ese single y otro, o si le hubieran cambiado el nombre). Tengo curiosidad por oír el resto de temas y me encantaría encontrar perlas como 'Breathe In The Light'.

El caso es que, como suelo seguir lo que hacen, no he podido dejar de fijarme, y asustarme, de lo que está siendo el fenómeno Auryn. De hecho, cuando actualizan su Facebook o alguna otra red social, es increíble el tipo de mensajes que les dejan las miles de fans adolescentes (y algunas no tanto). Me pongo en la piel de los chicos y creo que tendría mucho miedo. Sí, es cierto que si están consiguiendo hacerse un hueco y vender como lo hacen es gracias a esas hordas, pero pocas cosas me dan más pavor que imaginar a cientos de adolescentes histéricas gritando para poder acercarse a mí. Aquí algunos ejemplos:








Yo no sé si los chicos leerán o no los mensajes (por higiene mental, espero que no), y si las chicas se dan cuenta de las cosas que dejan y de lo fanáticas que son. Menos mal que, si no hay sorpresas, este tipo de cosas se curan con la edad... Y todo esto es aún más complicado si tenemos en cuenta que los chicos, independientemente de que sean heteros o no, tienen entre 21 y 24 años, es decir, edades algo mayores para que una niña de 14 años se fije, o eso creo yo. Juegan con la imagen para parecer de 17, y lo consiguen, pero espero que, cuando alguno tenga pareja pública y salga en las revistas, no rompan muchos corazones y haya fila de fans para arrancarse el corazón. ¡Que ser fan es muy duro! Pussar och kramar!



Ayer lunes comencé la semana del mejor modo: haciendo ejercicio. Fue a mi horario favorito, el de mañana, y creo que el destino quiso agradecerme que fuera a pesar de esa vocecita que me decía: "No vayas, que has perdido tu gorro de lana y te vas a pillar una pulmonía como salgas con el pelo mojado...". Nada más llegar al vestuario, allí estaba: Manchester. Creo que le he cogido cariño al chico y es ya mi favorito (junto al del culo y pectoral perfecto, claro). Pensé que estaría llegando, porque llegué un poco antes de lo habitual, pero no, resulta que se estaba marchando. Así, lo que yo pensaba que era un cambio de ropa para coger la de entrenamiento resultó un despelote completo y unos segundos de admiración de su cuerpo de pies a cabeza, de frente, y un culo interesantísimo y un tatuaje tribal en la espalda, por detrás. Como dije en su día, este chico gana muchísimo desnudo. Está más atractivo así que vestido.

Por si fuera poco premio, al subir a la zona de musculación y cardio, coincidí con el monitor de la piscina más guapo y buenorro de todos, que se puso a hacer una serie de tablas de musculación mientras yo adoraba su cuerpo. Luego otro chico bastante mono hizo lo mismo delante de mí mientras yo hacía unas series en una máquina de abdominales. Es decir, que no me quejo. Por cierto, que parece ser que usaba mal la máquina y un señor muy amable me estuvo indicando cómo debía usarla. Y vaya sí que noté el cambio, mis abdominales comenzaron a sentir mucho más los efectos demoníacos de la rutina. En cuanto al ejercicio en sí, poco que comentar esta vez. No corrí, pero andé a más velocidad que nunca. Y en la bici, sin más.

Este fin de semana estuve en uno de los cumpleaños más divertidos a los que haya asistido nunca. Allí pude integrarme muy bien porque, aparte de que son mis amigos, ahora puedo hablar con propiedad de un tema: deporte y gimnasio. Sí, porque hasta ahora no podía aportar prácticamente nada, pero ahora me gusta que me hablen de tablas, me dan consejos, comparamos gimnasios y precios... En concreto, fue muy interesante todo lo que me estuvo contando un chico de Torrejón y uno de los blogueros con más solera: Quijote Exiliado. Sobre éste último he de decir que fue un placer ponerle cara después de más de cinco años de conocimiento virtual y he de confesar que es el más hipster de todos, porque dejó activamente el bloguerío mucho antes de que la gran mayoría lo hiciera. Lo que viene siendo un culjanter. Espero coincidir pronto con él.

Mañana miércoles, toca segundo round en el gim. Pussar och kramar!



Hoy he vuelto a ir al gimnasio a una hora nueva: a mediodía. Faltaban pocos minutos para las 12 cuando entraba por allí y, sorpresa, casi que no reconocía a nadie. La hora de cambio, por lo visto, debe ser entre las 11 y las 12, porque los que sí me suenan se quedan haciendo ejercicio cuando yo me voy y no había ni rastro de ellos. Bueno, excepto de dos: uno de los chicos guapos con los que me suelo cruzar en el vestuario cuando me marcho y otro, moreno y con cuerpazo impresionante, sobre todo el pectoral y el culo (del que ya hablé otro día). Es fácil imaginar la alegría que me entró cuando empecé a entrenar en la cinta con cada uno de ellos a un lado... Igual que la tristeza cuando se fueron a los pocos minutos para muscular y, en su lugar, se pusieron dos jubilados un tanto ajados.

Me ha llamado la atención lo poco preparados que iban algunos a hacer deporte. Uno de los abuelos vestía unas bermudas de tela con un diseño que casi le faltaba el salacot para parecer un aventurero del siglo XIX. Por otro lado, una mujer de aspecto eslavo iba en vaqueros y una camiseta de punto, además de bisutería muy muy brillante. ¿En serio que se puede hacer deporte así? Yo creo que, sin pasarse, la vestimenta adecuada, además de lo que supone de mejora y comodidad para el ejercicio, forma parte del ritual, es decir, permite creerse uno mismo que va a realizar una rutina deportiva.

Aunque, claro, la vestimenta no lo es todo. Nunca entenderé a aquellos que se ponen en las bicicletas a, supuestamente, hacer ejercicio, pero se dedican a escribir mensajes con el móvil sin parar o leer un libro o el periódico mientras pedalean. Yo no considero que eso sea hacer ejercicio, sino más bien realizar una tarea mecánica y casi sin esforzarse. Si se trata de entrenar, se entrena y en serio. Pero convertir la sala de fitness en una sala de lectura no me parece serio.

Por cierto, quiero aprovechar para darle un fuerte abrazo virtual a Tina Turner. Hoy he hecho bicicleta y cinta. Cuando terminaba mi tanda en ésta última, empezó a sonar en mi iPod su canción 'Proud Mary'. Debo confesar que me meto mucho en la música que oigo mientras hago ejercicio. Con ella lo he dado todo, hasta el punto de que, en la parte final de la canción, ¡comencé a correr! Yo, que se supone que sólo ando ligero... ¡¡Tina ha hecho un nuevo milagro!! Pussar och kramar!



Sí. He vuelto al gimnasio. Aún no tengo los resultados pero me estaba anquilosando y echaba de menos la rutina que me impuse para bajar peso, así que he optado por una solución intermedia: vuelvo pero no me pongo a hacer las mismas tandas de musculación ni cardio. Es más, he desechado casi al completo lo primera y lo segundo, pues con calma y, sobre todo, mucha cinta para andar rápido. Que sí, que se puede hacer en la calle y es gratis, pero en el gimnasio controlo la velocidad, que es constante, y no tengo que sortear viandantes, ni hay cuestas de más o menos, ni perros, ni pasos de cebra, ni semáforos... y hay la posibilidad de grandes vistas a cuerpos de impresión, aunque hoy no hubiera nada que ver.

Como hoy me extraían sangre, decidí irme del Centro de Salud al gimnasio directamente. Así, llegué más temprano que nunca. Tanto, que no pude cambiarme en los vestuarios porque estaban fregándolos (que digo yo, que qué hora más mala para limpiar, cuando hay mucha gente que va a las 8.30 a hacer deporte). Menos mal que iba en chándal, así que me tocó hacerlo con pantalón largo, una prenda que sólo veo a los musculosos del gim y a las abuelas. Allí estaba Manchester (a qué hora entrará este chico...), que por cierto está algo más musculado que la primera vez que le vi (como sólo hace musculación, le debe estar yendo bien). El resto, ni lo conocía ni me llamaba nada la atención. De hecho, no vi nada de nada interesante salvo un chico en las bicicletas que llegaba cuando yo me iba y, sobre todo, una pareja de merendables veinteañeros con los que me crucé saliendo del vestuario ya duchado y vestido.

De hecho, en materia de merendabilidad, lo único interesante ha sido poder ver a uno de los monitores de natación entrenando en la piscina antes de entrar en su turno. Si con polo blanco y bermudas rojas ya está para comérselo, no quiero decir con un pequeño y apretado Speedo (ay, omá). Por cierto, que hablando de la piscina, pude ver a una pareja de mujeres ciegas que iban a nadar. Una de ellas iba con un perro lazarillo y el pobre animal se quedó en uno de los lados esperando. Espero que lo pasara bien con el ambiente clorado. Para que luego haya quienes ponen excusas para no aprender a nadar... Muy grande lo de estas dos señoras. Pussa och kramar!









Se ha convertido en uno de los momentos más interesantes del día y, sobre todo, más fructíferos. Me refiero a mi ducha matinal. No sé cómo empezó ni por qué, pero desde hace un tiempo son los minutos en los que mejores ideas se me ocurren y pienso un montón de cosas que, de ponerlas en acción, me harían muy feliz tanto en lo profesional como en lo personal. Quizás sea el champú de manzana... o que he cambiado de gel a uno de leche de vainilla. El caso es que mil ideas bullen de mi cerebro a una velocidad vertiginosa y me sorprendo más de una vez ensimismado en ellas y sin darme cuenta de que llevo un buen rato con el agua cayendo o el bote de gel en la mano esperando a que me decida a verter un poco sobre mi mano.

Luego, no sé qué pasa, que cuando cierro el grifo todo comienza a disiparse. En el tiempo en el que tardo en secarme ya se me han olvidado la mayoría de las cosas en las que pensaba, y trato de aferrarme a algunas para que no se me olviden. Pero al vestirme hay alguna que se vuelve a escapar y, cuando me quiero dar cuenta, sólo sobrevive una... que pasa a ser un proyecto que he de hacer en nada tenga un poco de tiempo porque empiezo a quitarme tareas urgentes de encima y me gustaría abordarla con calma y reposo. Cuando quiero darme cuenta, nunca he llegado a llevarla a cabo.

He llegado a la conclusión de que sería genial poder tener un secretario personal en el cuarto de baño, mientras me ducho, para que vaya tomando nota de todas mis diatribas e ideas, para que así no caigan en saco roto o en el pozo de los olvidos. No, no seáis malpensados, no se trata de que esté conmigo en la ducha, sino sentado cerca, con la cortina por en medio (no es plan de que me denuncie por acoso, que está la cosa muy mala) y con un bloc de notas en el que apuntar todo. Luego, ya vestido, cogería su cuaderno y repasaría todo. Sí, nada más alguna de las ideas que se me ocurren en la ducha me conviertan en millonario, lo primero será contratar a un secretario (merendable y competente, a ser posible, que para eso estoy hecho ya un viejo verde).
Pussar och kramar!