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El rey de la casa


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Siempre me ha llamado la atención cómo un montón de gente, de repente, sin previo aviso, empieza a llamar a algo o alguien al que siempre se le había conocido de una forma, de otra. Ocurrió con el Milán, que pasó a ser el Milan como si ahora todos fueramos italianos (aún estoy esperando que esos puristas digan correctamente Rosenborg, Michael en alemán y no en inglés o la 'v' holandesa) y no deja de pasar con los famosos que fallecen.

Quién no recuerda cuando, al morir Rocío Durcal, de repente todo el mundo empezó a llamarla Marieta. A ver, que la familia o sus amigos la llamaran por su verdadero nombre, me parece lo normal pero ¿tanta gente era amiga íntima de la artista? Como en todo, no era más que postureo, una pretensión de aparentar que se es más amigo de lo que se era, incluso en casos en los que no se recordaba que hubieran coincidido nunca con ella. Y a eso se suman gozosos los periodistas que buscan "un lado humano" en cada noticia, cuando quieren decir morbo gratuito.

Ahora ocurre con Mandela. ¿Alguien hace tres años llamaba al mandatario sudafricano Madiba? ¿A cuento de qué viene ahora que se rellenen crónica con ese nombre? Es postureo político, algo que en España sobra y que es una materia en la que nuestra incompetente clase dirigente tiene doctorado cum laude. Porque esos mismos que ensalzan las virtudes y el afán de paz y libertad de Mandela, su política de no violencia y respeto por el 'enemigo'; los que no dudan en compararlo con Gandhi o Jesucristo, son los mismos que defienden a ultranza la "vigilancia no invasiva" a la que están sometiendo a Miguel Ricart.

A esos políticos y contertulios les diré una cosa: ni Mandela, ni Gandhi, ni Jesucristo hubieran vigilado a Ricart, es más, le hubieran tendido la mano para intentar ayudarlo a reinsertarlo en la sociedad y, sobre todo, hubieran respetado sus derechos constitucionales. Pussar och kramar!

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