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El rey de la casa


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Siempre he mirado a mi madre como si estuviera loca cuando me decía que una de las cosas que más le relajaba era fregar los platos. De hecho, tenemos un lavaplatos en mi cocina que se estropeó hace muchísimos años por no usarse y que sigue ahí, testigo mudo de una dueña que prefiere el estropajo y el Mistol a cargar platos y vasos en una bandeja y dejar que Calgonit haga su trabajo.

Sin embargo, con el paso de los años, me he dado cuenta de que hay actividades caseras, también relacionadas con la cocina, que me provocan bastante descanso. Una de ellas es el pelar judías verdes o habas e ir poniendo los granos o lo que sea en un cuenco, mientras se desechan las vainas. No es algo que haga en Madrid (nunca las he visto en el mercado, así que me resulta complicadísimo ponerme a ello), así que toca ceñirse a mis esporádicas visitas a Jerez y coincidir que mi madre tenga previsto hacerlo.

Otra es limpiar lentejas. No lo he comprobado hasta ayer domingo en todo su esplendor. Desde que estoy en paro dispongo de más tiempo para cocinar, así que las legumbres las compro secas y me encargo yo de cocerlas en la olla (nada de olla express, al chup-chup), preparar el sofrito, etcétera. Este verano le encargué a mi madre que me comprara unos saquitos de las que compra ella, unas salmantinas de la casa Curto, y ayer estuve haciendo trasvase del saquito al tarro de la despensa. Son tan naturales que siempre se cuela alguna piedrecita, un poco de arenisca o pequeñas ramitas, por lo que te obliga a ir poco a poco, como si fueras un buscador de oro del Klondike.

Al final, un tarro lleno y un buen rato que me quitó el estrés del día y me dejó listo para dormir como un lirón. Pussar och kramar!



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