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El rey de la casa


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No entiendo a los servicios informativos de las cadenas de televisión de este país. Hace más de una semana que se conoce la noticia de la deportación de un ciudadano sudafricano desde Nueva Zelanda a su país porque el gobierno oceánico considera que su obesidad es un problema para las arcas de la sanidad pública. Pues bien, en La Sexta lo informan, y en titulares, ayer domingo. ¿Es eso inmediatez y actualidad?

Independientemente de esto, me gustaría romper una lanza en favor del Gobierno neozelandés. No estoy de acuerdo en que el mejor método de salvaguardar las arcas públicas sea expulsando a este señor del país, pero sí en el hecho de que hay que obligar a la gente a tomar conciencia de la obesidad como enfermedad que es. En sus diferentes vertientes y con grados de adicción a la comida también dispares, un obeso es un enfermo cuyo sobrepeso deriva en multitud de problemas. No tiene por qué ser una opción personal, pero raro es el caso que con determinación y ganas, así como con buenos profesionales y métodos integrales, no se consigue adelgazar.

Si yo fuera el Gobierno de Nueva Zelanda, optaría por una opción intermedia: permitiría al sudafricano quedarse en el país, siempre y cuando contratara un seguro médico que le cubriera todo el gasto derivado de su obesidad. Así las arcas públicas no sufrirían y él podría seguir llevando su vida familiar y profesional donde ha elegido.

Muchos medios han puesto el acento al cubrir la noticia en las restricciones que ponen Australia y su vecino a la inmigración, pero ninguno a la realidad del aumento de la obesidad en la población mundial. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que es una pandemia -encima, socialmente aceptada-? Pussar och kramar!

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