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El rey de la casa


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Nunca me han gustado las sandalias. Antes, mis reparos consistían, sobre todo, en lo mucho que sufrían mis pies al llevarlas. Es normal. Si pesas mucho y, encima, usas un calzado sin ningún tipo de amortiguación, tus pies se machacan. Así, era andar un rato y pensar que me habían machacado los pies, que acababan cansados y pidiendo tregua.

Pero da igual que estés gordo o delgado, las sandalias son el calzado más incómodo y disfuncional del mercado. Es más, su hermana gemela, es decir, la chancla, resulta mucho más cómoda, si la tienes con un mínimo de suela gruesa, claro. Aparte de los problemas que supone ir en sandalias para correr, especialmente si son de talón abierto, hay que sumarle el peor de los contratiempos: la lucha contra los elementos. Que sí, que vale, que es verano y, a menos que te sorprenda una tormenta, las probabilidades de que hundas el pie en nieve o en un charco son casi nulas pero...

Vas andando tranquilamente con tus sandalias y resulta que alguien está regando, ya sea la manguera o el charquito que deja, acaba mojándote los dedos. Pero si fuera sólo el agua... porque es fácil que te entre arena o polvo... y eso por no hablar del miedo continuo a ser pisado en algún momento por otra persona que precisamente no lleve sandalias, sino unas buenas botas o incluso un tacón de aguja.

Y luego está la razón estética. ¿En serio a alguien le parecen atractivos esos dedos de los pies amorfos o con pelos o con uñas moradas, amarillas o levantadas? Si la moda del día a día se relaja en verano hasta decir basta, el cuidado de los pies de muchos está en 'stand by' desde 1963 por lo menos... Donde esté un buen zapato veraniego, que se quiten las sandalias. Y las chanclas, sólo para la playa o piscina, por favor. Pussar och kramar!

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