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Hvad er klokken?

El rey de la casa


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Ayer me incorporé al trabajo tras casi tres semanas de ausencia por la boda, vacaciones, etcétera. Si tenemos en cuenta que la primera semana de enero no estaba muy centrado y que también tuve vacaciones de Navidad, así como fiestas y puentes, creo que hace tanto que no tengo una semana normal de curro como la que nos ocupa ahora que ando descolocadísimo. Ayer se me hizo un día larguísimo, y no será por aburrimiento precisamente. Espero poder tener noticias que dar en algunas semanas que afectan a mi futuro laboral, pero mientras toca trabajar como siempre... ¡especial San Valentín!

Sí, si hay algo peor que incorporarse al trabajo, eso es incorporarse y que te toque hacer ese especial, con un bazar lleno de cosas absurdas en los que, además, debe primar el amor romántico, cursi e incluso pedante. Vamos, una locura... Pussar och kramar!

Me ha entristecido mucho el cierre de Spanair. Es cierto que apenas he volado en ella, pero tenía algo por lo que siempre me resultó simpática. Supongo que sería por su asociación con SAS, pero también porque ofrecía destinos diferentes, además de Escandinavia. De repente, nos hemos convertido en un país de tercera en conexiones europeas, ya que hemos perdido la única aerolínea que nos conectaba directamente, por ejemplo, con Belgrado, Zagreb y otras muchas ciudades. Ahora tendremos que hacer lo que no hacen checos o polacos: hacer escalas para ir a la gran mayoría de capitales europeas. Si no tuviéramos ya bastante con los aeropuertos fantasma...

Porque sí, es famoso el caso de Castellón, pero ahora con el cierre de Spanair, ¿qué pasa con la T1 de El Prat? Es cierto que no era la única compañía que utilizaba esas instalaciones estrenadas hace poco pero prácticamente se crearon para que fuera el nodo central de operaciones de la aerolínea ahora desaparecida. Si ya con ésta era un edificio enorme e infrautilizado, ¿qué pasará ahora? ¿Cerrarán media terminal para que no esté todo disperso y desierto? Y todo ello sin olvidar que las antiguas terminales también se quedaron muy vacías con la inauguración de la T1, cuya necesidad me parece, cuanto menos, cuestionable.

En materia de infraestructuras aéreas, este país es de chiste. ¿Cómo se entiende que en el entorno de un aeropuerto como el de Bilbao haya otros cinco aeródromos (Vitoria, Logroño, Pamplona, San Sebastián y Santander)? ¿En serio se creen que esta fórmula de 'aeropuertos para todos' puede resultar rentable, máxima sin apenas aerolíneas nacionales? ¿Y qué me dicen de Galicia? ¿En serio esa comunidad mueve tanto pasajero como para que tengan que funcionar a la vez Vigo, Santiago de Compostela y La Coruña? Por no hablar de Cataluña, que ya es el despiporre con Reús, Gerona, Lérida-Pirineos... o Andalucía, donde la distancia entre los aeródromos de Sevilla y Jerez o el de Granada y Málaga es ridícula. ¿Y lo de los aeropuertos de Valladolid, Ciudad Real, Badajoz y León? ¿En serio?

Lo más lamentable es que la alternativa: el tren, se ha hecho igual de mal, en tanto que sólo se ha potenciado el AVE y no los regionales, por lo que el propio Estado impide el desplazamiento a precios asequibles a los ciudadanos. El bloguero Isidro Barqueros ha analizado con acierto la vergüenza de lo caro que es el tren en un post más que recomendable (gracias, Fernando, por compartirlo). El caso es que ahora, sin trenes regionales y con apenas dos vuelos por aeropuerto no principal, desplazarse va a ser cosa de ricachones... salvo que lo hagas en bus (y no siempre, que menudos precios si vas de Madrid para arriba...). En fin, porca miseria. Pussar och kramar!

Ayer tuve el honor de formar parte del jurado del C3, el concurso internacional de chefs pasteleros que organiza cada año la firma francesa de chocolates Valrhona, que surte con sus productos a los mejores restaurantes de todo el mundo. Para mí no fue sólo una oportunidad única en lo que respecta al lado profesional, ya que sólo eramos cuatro los periodistas elegidos, junto a media docena de magníficos nombres de la cocina, sino también en lo personal, ya que pude conocer los entresijos de un concurso de ese tipo. Para empezar, increíble la organización y la limpieza con la que se hizo todo. No hubo presiones ni 'consejos' sobre lo que había que votar. Tuvimos libertad total para decidir los puntos que dábamos a cada uno de los seis candidatos.

Las deliberaciones fueron como las votaciones de Eurovisión, dando nuestros puntos en francés a cada candidato. Estuve a punto de decir lo de 'guayominí' pero como no había ningún candidato británico, pues no venía a cuento. Lo mejor de ellas fue conocer las impresiones de los expertos, ya que se fijaban en cosas que normalmente ni te enteras cuando estás en un restaurante, así como te explicaban cómo se hacían algunas virguerías que nos habían puesto por delante los concursantes.

Mi momento 'hot' del día fue la presencia en el jurado de mi adorado Rasmus Kofoed, un chef danés rubio y merendable que está triunfando gracias a su restaurante Geranium de Copenhague, donde realiza una cocina basada en los ingredientes naturales. Como todo en Dinamarca, será carísimo comer allí, pero yo me he conformado con pasar un día con él, hablando un poco y conociendo sus impresiones sobre la repostería internacional. Aunque, la verdad, reconozco que me hubiera dado igual si hubiera hablado del crecimiento del guisante. Eso sí, como soy un profesional, no dejé que su visión me despistara a la hora de valorar los platos que me iban poniendo por delante. ¡Como debe ser! Pussar och kramar!

Porque no ha muerto. Porque aún quedan algunas mentes capaces de no comportarse como borregos y hacer lo mismo que millones ya hicieron anterioremente, que no se conforman con lo mismo. Y encima, te sacan una sonrisa... Pussar och kramar!

Empiezo a no controlar mi adicción por las pastillitas de colores que tienen a bien llamarse M&M's. En el aeropuerto de Miami, de hecho, arrasé (¡y eso que el supuesto criminal era el rubio!) y no pude contenerme a hacerme con un par de TODOS los tipos que encontré. Lo más patético es que las quería para comer durante el viaje, pero al final no probé ni una, y llegaron todas las bolsas intactas a España. Ahora mismo, mi frigorífico es un almacén al por mayor. Las tengo todas, oiga. De izquierda a derecha: las rellenas de cacahuete, las de pretzels salados, las de chocolate negro, las de coco, las de chocolate con leche y las de crema de cacahuete. ¿Alguien da más? Sí, faltaban la de avellana y la de cereales ligeros tipo Maltesers, pero se vé que ahí no las tenían... Y por qué no había ediciones limitadas...

¿Lo más triste? A la vuelta me compré un tubo de Mini M&M's. Sí, se me ha ido de las manos. Necesito terapia. Pussar och kramar!

Partíamos de viaje el domingo a las 7.10 de la mañana. El día anterior nos las apañamos para hacer las maletas (en un principio, pensamos llevar una grande y una pequeña, pero cuando vimos que incluso para ir a un sitio de playa 24 horas también necesitas un montón de cosas, decidimos llevarnos dos grandes) y tener pedido un taxi que estuviera a la hora convenida en la puerta. Así, sólo quedaba dormir lo mejor posible y tratar de no olvidarse nada en casa: dinero, pasaportes, desodorante, cargadores, baterías...

El despertador sonó a las 6 en punto. Como siempre cuando vas con prisa, no tardamos en ponernos en pie e irnos directos a la ducha. En este caso, fui yo el que se duchaba mientras Luis ordenaba algo de ropa. "Qué raro... ¿No te huele como a quemado?", le pregunté. Pensé que vendría de fuera, ya que era un olor extraño. Me metí en la ducha y, cuando estaba recién enjabonado, oigo que llaman al portero automático. Eran las 6.10. "A que el taxista se ha enterado mal de la hora y ha llegado una hora antes", comenté en voz alta. Ojalá. "Oye, que son los vecinos, que se ha incendiado el garaje y están evacuando el edificio. Los bomberos ya están aquí y está todo lleno de humo".

Tardé dos minutos en salir de la bañera enjuagado, coger una toalla, tratar de secarme algo para no salir muy mojado al implacable frío de Madrid en enero a las 6 de la mañana y vestirme. Como no sabíamos la magnitud del incendio ni si nos dejarían subir pronto o no, le dije a Luis que nos íbamos para abajo con las maletas y con las mochilas, por si acaso. Menudo show. Fuimos los últimos vecinos en salir, en medio del humo, y los bomberos, al policía y los vecinos nos miraron con caras raras al vernos aparecer con las maletas. "Estos dos son tan locos que tienen maletas hechas por si acaso hay un incendio", pensaría más de uno.

El incendio se sofocó rápido y pudimos subir al piso, terminarme de secar e incluso coger alguna cosa que se nos olvidó antes de que llegara el taxi. En Barajas, para nuestra sorpresa, no pasó nada, salvo el hecho de que Luis comenzó a sentirse cada vez peor, con muchos mareos y un poco de fiebre, lo que le hizo pasarse todo el vuelo bastante mal. Aunque nada comparado con uno de los pasajeros que, no sabemos cómo y nadie se lo explica, se rompió la pierna durante el vuelo. Primera consecuencia: oímos lo de "hay algún médico a bordo" y el capitán informó de que desviábamos la ruta y nos dirigíamos a Bermudas en vez de a Miami.

Qué decir de Bermudas... pues que es un paraíso fiscal, creo, y que está llena de casitas de colores. Como está muy al norte, no tiene pinta de paraíso tropical, sino más bien de una Islandia sin nieve y llena de negros. Pero claro, estuvimos apenas una hora y media allí, no nos dio tiempo a sacar mejores conclusiones, y yo estaba tan enfrascado en el último libro de Sophie Kinsella y su saga 'Loca por las compras' que tampoco me fijé demasiado (lo empecé y acabé en ese mismo vuelo).

La llegada a Miami fue, por tanto, más tarde de lo esperado, pero no había problema porque nuestra conexión a Providenciales (Turcas y Caicos) estaba prevista para dos horas y media más tarde de nuestra llegada. Por cierto, qué impresionante es Florida desde el aire, con sus pantanos y la costa llena de rascacielos. Para pasar el control de pasaportes y aduana tuvimos que andar casi 20 minutos y coger un tren. Cuando llegamos, unas colas tremendas. Pero paciencia, íbamos bien de tiempo.

Yo pasé la aduana primero y, como no te dejan esperar a otro pasajero, me tuve que ir a la planta de abajo a por las maletas, ya que nos informaron en Madrid que teníamos que recogerlas y volverlas a entregar a otra cinta. Primer momento de tensión en Miami: las maletas no están. Busco y rebusco y no aparecen. Angustiado, voy donde el servicio de asistencia de American Airlines y una cubana simpatiquísima llamada Tilna (!!!) me dice que me informaron mal en España, que las maletas para Providenciales no necesitan de ese paso y van directas al destino final. Uff, qué alivio.

Pero, un momento, ¿y Luis? Ya llevaba yo 25 minutos donde las maletas. Había tenido tiempo de sobra para pasar el control. Me temía lo peor. Cuando volamos a Nueva York ya le pararon en la aduana y le llevaron a un cuarto con posibles terroristas y enemigos de los USA. ¿Había vuelto a pasar? Llevaba esperando 40 minutos. Fue donde un policía y casi que me escupió en vez de atenderme, así que reculé y me volví a ir donde Tilna. La mujer me dijo que me preparara porque, de ser cierto, podía esperar hasta 5 horas... Llamó a una compañera y le pidió que le confirmara si Luis estaba o no retenido con los terroristas. Efectivamente, para mi desesperación, allí se encontraba.

El vuelo era lo de menos, pero lo perdimos, así como el resto de aviones que se dirigían ese día a Providenciales. Un compañero de Tilna me comentó que "no me preocupara, que máximo a la medianoche le soltaban, ya que cerraban a esa hora". Al final fueron las proféticas cinco horas las que pasó Luis en el cuarto y yo en las cintas de recogida de equipaje esperando sin nada que hacer, angustiado, temiendo lo peor y sin cobertura en el móvil ni monedas para llamar desde una cabina. No recuerdo haber pasado nunca en mi vida tanta angustia ni desesperación.

Cuando por fin lo ví, salí corriendo a darle un abrazo. Como podéis imaginar, Luis no paraba de definir a Estados Unidos y a su policía de aduanas con adjetivos que harían palidecer a un bárbaro. Fuimos donde el mostrador de American Airlines y nos cambiaron el billete para el primer vuelo del día siguiente, el lunes a las 11 de la mañana, y llamamos al hotel para pedir que no anularan la reserva, que llegaríamos 24 horas tarde. ¿Y esa noche, qué? Pues tocaba pernoctar en Miami.

El hotel del aeropuerto pedía 196$ más impuestos por noche, así que lo descartamos. En el mostrador de American nos ofrecieron unas ofertas especiales para pasajeros en nuestra situación extraña y nos dieron un talón para pasar la noche en un sitio llamado Hotel Howard Johnson que, según la empleada de la aerolínea, estaba a 5 minutos. Sólo había que salir a la calle y esperar el bus con el logotipo del hotel. Durante media hora pasaron muchos, pero ninguno era el de nuestro destino. Por fin, tras 45 minutos de espera, llegó. Ya incluso nos habíamos planteado irnos a cualquier otro, costara lo que costara. No hizo falta e incluso nos salió algo más barato de lo que decía el talón: 85 $/hab. Aprovechamos para cenar algo en el hotel y a la cama directos, que no habíamos descansado nada durante 28 horas.

Al día siguiente, nos levantamos sin hambre, con el estómago cerrado, y fuimos al aeropuerto. Allí las máquinas de autochecking no funcionaban y tuvimos la suerte de hacernos amigos de una empleada de American Airlines que nos hizo ella misma las tarjetas de embarque, e incluso nos dijo dónde podíamos entrar en la Terminal D sin hacer la cola kilométrica que había a nuestro lado (¡gracias, Isabel!). Parecía que las cosas pintaban bien por fin. En el control de equipajes de mano casi nos quitan una vela aromática, pero al final nos la dejaron. Dentro pude comprar un montón de tipos diferentes de M&M's (prometo foto cuanto antes con todas las bolsas) y embarcamos rápidamente y puntuales. Ahora, ¿y nuestras maletas?

El día anterior nadie sabía nada de ellas. Supuestamente, las habían desembarcado de nuestro avión y estarían esperando en algún almacén hasta que nuestras nuevas reservas de vuelo indicaran en cuál iríamos a Providenciales. Cuando me senté en mi asiento, desde donde veía cómo cargaban el equipaje, me llené de desesperanza. Ahí no estaban nuestras maletas... Ya tenía el cuerpo hecho a tener que reclamar nada más llegáramos a Turcas y Caicos, por lo que, cuando vi que no salían más maletas en la cinta, fui a reclamar. Un empleado nos hizo esperar un poco en una zona del aeropuerto y, para nuestra sorpresa, apareció con ellas. ¡Volaron el día antes! Nunca las bajaron del avión en el que debíamos haber llegado el día antes. Estábamos tan contentos que nos pusimos a bromear y todo con las funcionarias de aduanas, que no paraban de preguntarme si era un 'paparazzi' cuando les dije cuál era mi profesión.

Una hora después estábamos con una piña colada en la mano, junto a la piscina, tratando de descansar por fin de tanto calvario. No hacía día de playa por el viento, pero no importaba, se trataba de relajarse, tumbarse en una hamaca y olvidar el día más largo y horrible de nuestras vida: el 15 de enero de 2012. Pussar och kramar!

Cuánta razón tienen los que dicen que dos no se pelean si uno no quiere. El problema es cuando provocan al que no quiere jaleo hasta rozar lo insoportable. Es lo que, a mi juicio, sufren muchos famosos en Twitter. A mí me parece genial que se use como forma de comunicación entre el personaje y su público, de crítica, de interacción, de consulta... Se pueden hacer muchas cosas, pero de ahí al insulto gratuito o a la crítica destructiva va un paso.

Un famoso tiene que aceptar que es un personaje público pero, igual que no entramos en el salón de su casa y, sin conocerlos de nada ni ser invitados, nos ponemos a ponerle a parir, ¿por qué en Twitter sí? Si yo opino que la última película de Santiago Segura es una mierda, qué necesidad hay de escribirlo en Twitter añadiendo la arroba y la cuenta del cineasta, si éste no me sigue. Sólo hay una explicación: por joder y, si el famoso pica y contesta, presumir de troll lamentable ante los amigos.

Del mismo modo, también hay quien aprovecha esa pasarela directa al famoso para piropearlo. Eso sí, a veces hay que tener cuidado de que no se nos malinterprete y se acabe ofendiendo. Afortunadamente, no es el caso de Eduardo Madina. Me sorprendí el otro día leyendo en el Twitter del político socialista una particular respuesta a un tuit quizás poco delicado...

Así, sí. Pussar och kramar!

Hay que seguir las tradiciones. En mi caso, será la ropa interior, sobre todo tras ver las buenas ideas que da la firma Andrew Christian sobre cómo lucirla y lo bien que resiste el agua... Pussar och kramar!

El brindis del próximo jueves, con el que culminará la comida de celebración de la boda, se realizará con una mágnum de Ruinart, una de las casas de Champagne más lujosas. No, no me he vuelto loco y he querido plagar la boda de lobás. Es cierto que haberlas, las hay, pero no se trata del caso. Aprovecho un regalo que me hicieron desde el gabinete de prensa de Jimmy Choo por un reportaje que escribí hace algunos meses. Guardé la botella hasta una ocasión especial y ¿qué mejor que la de unir copas por un gran futuro? Además hemos tenido la suerte de que el restaurante donde vamos a celebrar la boda (es una comida para nueve personas, por lo que no ha sido necesaria mucha logística) no han puesto impedimento en que llevemos el Ruinart. Incluso me han pedido que la lleve un día antes para que esté lo suficientemente fría, lo cual es todo un detalle.

Puede que a alguno le haya sonado raro lo de que sea una botella mágnum. En Champagne, hace ya muchos siglos que se regularon los tamaños de las botellas. Cada uno, además, recibe un nombre. En este caso, se trata de una de 1,5 litros de capacidad, lo que equivaldría a dos botellas normales, que es la referencia para las medidas. La forma es muy divertida, con un cuello muy fino y alargado que descompensa la gran anchura del resto. Para los interesados, estos son los nombres de los tipos de botellas de champán en uso más importantes:

Benjamín: 20 cl.
Botella: 75 cl.
Magnum: 1,5 l. (2 botellas)
Jeroboam: 3 l. (4 botellas)
Réhoboam: 4,5 l. (6 botellas)
Mathusalem: 6 l. (8 botellas)
Salmanazar: 9 l. (12 botellas)
Balthazar: 12 l. (16 botellas)
Nabuchodonosor: 15 l. (20 botellas)

Solo la media botella, la botella y el mágnum se usan para criar el vino. Los otros formatos se rellenan con vino ya fermentado. La tradición dice que el tamaño idóneo es el mágnum, siendo el tamaño en que mejor envejece el champán. Una vez descorchada, será mi madre, la experta en champán de la familia, la que dé veredicto. Mientras, su sabor será un misterio... Pussar och kramar!

Pues sí, un archipiélago del que no muchos han oído hablar es el destino que hemos escogido para celebrar nuestra Luna de Miel. Se trata de un lugar que llevo años deseando poder conocer, por lo que la alegría es inmensa. Sé que lo ideal hubiera sido llegar allí tras una travesía dando la vuelta al mundo, visitando Emiratos Árabes, Goa, Hong Kong, Sidney, Tuvalú, Buenos Aires y Las Vegas antes de reposar en sus playas de arena blanca y aguas turquesas, pero el presupuesto no da para tanto, así que nos conformamos, y con mucho gusto, con la última parada del camino. Así sí que se relaja uno tranquilamente durante una semana... Pussar och kramar!

Tengo una increíble habilidad para mancharme. Da igual que ponga el máximo cuidado. Si puedo acabar con un lamparón, ten por seguro que acabaré luciéndolo. Para lo que no soy tan bueno es para acabar con ellas en la lavadora. No entiendo muy bien por qué, pero no siempre desaparecen tal y como juran las firmas de detergente. Da igual que use el de última generación megaconcentrado, con un poder que ríase usted del que tiene el amo del calabozo. Si no quiere salir, la mancha no saldrá.

Acabo de sufir un fenómeno que podría calificar de paranormal. ¿Acaso las manchas son inteligentes? ¿Saben quién las lava? Me explico. Me manché hace dos meses un polo. Era una mancha redonda, pequeña pero visible, de un color muy poco favorecedor con respecto al resto de la prenda. Lavé el polo unas mil veces, apliqué quitamanchas de todo tipo, pero fue inútil. Hace unas semanas lo llevé a Jerez y lo dejé en manos de mi madre. Cuando volví en Navidad, la mancha había desaparecido. ¿Cómo es posible? ¡Si usamos los mismos detergentes! Si esto no es una conspiración para volverme loco... Pussar och kramar!

Cuando estrenaron 'Día de San Valentín', la película que pretendía ser la réplica norteamericana a 'Love Actually', no tardé en ir a verla. Sabía que era imposible que en Hollywood hicieran una obra maestra como el filme británico, pero aún así no me la quería perder, sobre todo porque la 'réplica' italiana, 'Ex', me emocionó muchísimo. Sin embargo, me quedé con un cierto regusto extraño. Todo era excesivamente pasteloso, alejado de la realidad con la que tanto nos gusta a los europeos edulcorar todas las historias; salvo en algún que otro caso del filme, claro.

Ayer vi la que podría denominarse la continuación de esa oda a San Valentín. La película 'Noche de fin de año' no es una segunda parte, ni mucho menos, pero sí en lo que es la forma de contar el guión, con pequeñas historias que se entrelazan y que tienen algo en común, en este caso, la llegada de 2012 (por cierto, no se habla de los mayas ni una sola vez). Con un plantel impresionante de actores, esta vez sí han conseguido llegarme más a la fibra sensible. Es cierto que vuelve a ocurrir que todo acaba bien (o no... ¿será esto un 'spoiler'?), pero merece mucho la pena ir a verla y emocionarse.

Mi historia favorita es la que protagonizan Zac Efron (qué guapo que es, nunca lo había visto en pantalla grande y madre mía...) y Michelle Pfeiffer (soberbia, increíble, quiero verla en versión original sí o sí). Creo que es la más tierna y la que mejor consigue que te identifiques con los protagonistas. En general, no faltan risas, momentos de ternura y el tiempo se pasa volando. Si aún no la has visto, ya tardas. Pussar och kramar!

Ayer por fin terminé de comprar toda la ropa de la boda. Como he decidido no ir de traje, sino con prendas sueltas, ha sido una labor algo ardua. Al final, se ha saldado bien, y me he permitido dos caprichos que me encantan (dos lobás, como está mandado). Por un lado, un chaleco de lana merino que quiero lucir el día de la ceremonia, el jueves de la semana que viene. Por otro, una corbata de Bvlgari que llevaré a la fiesta, al día siguiente (NO es la de la imagen).

El caso es que para comprar la corbata fue necesario que hiciera una cola de más de diez minutos. ¡En Bvlgari! ¿Pero no se supone que estamos en una crisis atroz y el consumo se ha ido a pique? Van a tener razón los que dicen que el mercado del lujo es el único que aguanta bien el tirón, porque si no, no se explica. La verdad es que los tres dependientes no daban abasto, y también había mucha gente en Louis Vuitton, Loewe y Hermès, donde entré antes de en ellos para ver otras corbatas. Aún así, ver a matrimonios discutiendo sobre si comprarle a su hija un anillo de más de 4.000 euros o no me pareció algo sórdido, por lo que prefiero no ir mucho por esos lares, que uno ya está mayor para sustos.

Los que no tienen ese tipo de dudas y saben que NO o NO se gastan esa pasta en un regalo de Reyes son mis amigos de Jerez. Con ellos celebré una cena pre-boda que no pudo resultar mejor. Me sentí feliz de que fuera todo genial y que todos se lo pasaran bien. ¿Lo mejor? Que los que no se conocían entre sí acabaran cayéndose tan bien que ya están invitados para la barbacoa estival que sí o sí se hará el próximo verano (tradición que comenzó el pasado julio y hay que perpetuar). Encima, la comida estaba riquísima. Fue en el Mesón Casa Juan Carlos, un sitio que recomiendo a todo el mundo no sólo por la calidad de su menú y las amplias raciones, sino también por su precio.

Y ya no doy más la lata sobre la boda. Pussar ch kramar!