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El rey de la casa


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Hace unos años, en la redacción de la revista en la que trabaja por aquel entonces, se propuso hacer un 'amigo invisible' por Navidad. Obviamente, no era obligatorio, por lo que se apuntó el que quiso. En este caso, fui el único de la revista que no se animó. Mi razón era muy sencilla: no me apetecía regalar nada a aquellos que me caían mal, y yo este tipo de cosas las hago con mis amigos y no con mis compañeros de trabajo.

Os hablo de una redacción en la que era patente que había diferentes facciones y en la que algunos no soportábamos a otros, en un gesto recíproco en la mayoría de los casos. ¿Qué sentido tenía hacer un amigo invisible? Ninguno. Lo más surrealista es que, de las muchas miradas de desaprobación que me lanzaron, las peores fueron precisamente las de las personas a las que no quería regalarles ni un chicle usado. ¿En serio les podía molestar algo que realmente era, para ellos, de lo más beneficioso? (Porque ellos se aseguraban que tampoco me iban a tener que comprar nada a mí).

He tenido la fortuna de ser redactor de Belleza durante muchos años. A los compañeros que me caían bien les regalaba los frascos de colonia y tratamientos cosméticos que me llegaban para fotografiar y probar. Así, los de esa redacción estaban bien servidos, por lo que no necesitaban que yo entrara en el amigo invisible. ¿Por qué algunas empresas e incluso los propios trabajadores se empeñan en hacer este tipo de acciones forzando una hermandad falsa en vez de poner de su parte para que todo el mundo se lleve bien los 365 días del año? ¿De qué se trataba? ¿De darnos regalos a la hora de comer y por la tarde volver a escupirnos a la cara? Pues que no cuenten conmigo. Hipocresías, las mínimas. Pussar och kramar!

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