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El rey de la casa


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Starbucks es una empresa con muchos enemigos declarados y leyendas negras (apoyo a los ultras de Israel, explotación medioambiental para la fabricación de vasos...). Sin embargo, no lo estará haciendo tan mal en cuanto se le toma como ejemplo de buen trato al cliente y ser capaz de entablar una relación donde prácticamente siempre hay retorno. Cómo será que incluso hay bancos como Novagalicia que piden a sus empleados que imiten a los baristas de la cadena norteamericana.

La mayor crítica que recibe Starbucks es su precio. Sí, es cierto que pagas mucho dinero por un café. El margen de beneficio de cada Frappucino, Moca Blanco o Latte seguro que es altísimo, pero no nos engañemos. El 1,50€ que llegan a pedir en Madrid por una taza ridícula o un vaso de cristal ardiendo en cuyo interior apenas caben 15 o 20 cl implica un beneficio muchísimo mayor, ya que ese café apenas cuesta 2 céntimos reales.

El caso es que esta experiencia Starbucks, para bien o para mal, funciona. En mi caso, así ha sido. Me gusta mucho ir a estas cafeterías. No voy mucho, pero la razón es que soy muy vago, ya que me da pereza ir andando o en bus hasta la más próxima de mi casa, y tampoco hay ninguno donde trabajo. Pero me tienen conquistado. Por ejemplo, porque no tienen problema en cambiarme todo el café si no era lo que realmente pedí o si se dan cuenta de que pido alguna cosa nueva para probarla y luego no me gusta. El caso más amable me pasó cuando pedí la nueva bebida de coco, lima y menta. A mí no me gusta la menta, la detesto, por lo que pregunté si podía ser sin menta. Me dijeron que era imposible porque el sirope o lo que usaran ya estaba preparado de ese modo, y que realmente el coco, que era lo que yo buscaba, apenas era un poco de aroma. Cuando vieron los baristas mi cara de desilusión, una me guiñó y me dijo, "si me prometes que mi jefa no se entera, te hago un Frappucino de coco, aunque no esté en la carta". Y dicho y hecho. Me hicieron feliz y por supuesto que mereció la pena gastarse ese dinero.

Aquí en España estamos acostumbrados a que nos atiendan mal. Vemos normal que un camarero no se dirija con educación y respeto, y que espete un "Dígame qué quiere" como si nada; que la cajera no nos devuelva el saludo, que el chófer del bus tampoco, que apenas haya conversación entre tendero y cliente... No se trata de llegar al extremo de la charla que tienes con el peluquero, pero sí quizás darle un 'toque Starbucks' a todas las relaciones comerciales. ¿Es mucho pedir? Pussar och kramar!

4 comentarios

  1. Ladonnabupu  

    Las cosas de vivir en un pueblo, aquí lo raro es que te atiendan mal. No tengo mil trescientas variedades de café (ni siquiera mi querido rooibos) pero puedo elegir entre cinco tipos de cervezas en tres tamaños distintos. Y con chiste incluido :D

    Besitos!

  2. DoN  

    Y no dices nada de lo tremendamente guapo que era el chico del Starbucks? Bandido!

  3. rickisimus2  

    Eso se puede extrapolar a muchas actividades. Por ejemplo, llamar a algunos sitios y que te atiendan con cierta "humanidad" es complicado.

  4. Nils  

    DoN, lo he omitido porque no quería que le restara veracidad a la historia. Madre mía cómo estaba el niño!

    Rickisimus, muy complicado a veces!

    Ladonna, los pueblos son diferentes, más lentos.

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