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El rey de la casa


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Dicen que Facebook está para ver cómo crecen las lechugas de tu granja virtual, conocer cuándo es el cumpleaños de tus amigos (esos que eres incapaz de memorizar por muchos años de amistad que haya) y poder cotillear cómo el paso del tiempo ha afectado al pelo y a la barriga de antiguos compañeros de clase con los que hace décadas que no hablas. Sin embargo, ayer presencié y tomé parte de una conversación muy interesante en esta red social.

Versaba sobre la atención al público. Un amigo se quejaba de que un compañero tratara tan mal a los clientes por teléfono que le hacían sentir vergüenza. Por un lado, llama la atención que, con lo mal que está el trabajo, uno se arriesgue a perderlo por mal comportamiento. Al mismo tiempo, vivimos una época que, a base de sufrir a teleoperadores y departamentos de telemárketing agresivos y sin ninguna vergüenza, nos hemos acostumbrado a un mal trato o, peor aún, los que llaman se comportan como listillos preparados tanto para venderte la moto como para replicarte con bordería y chulería si tú coges el teléfono enfadado por el acoso que sufres.

El caso es que, como dije ayer, la atención al público es muy sacrificada, pero no hay que olvidar que, mientras no pierdan las formas, el cliente sigue siendo eso: un cliente, y paga por un servicio, y no se le puede atender de forma déspota ni perdonándoles la vida. Y lo dice uno que tuvo que aguantar tres años en un mostrador a hijos de papa ricachones que se pensaban que por pagar una matrícula en una Universidad privada tenían derecho a escupirte si querían. Las primeras veces que vi a alumnos, los típicos pijos con Barbour y pulserita con bandera de España, tratar de ese modo a mis compañeros de Oficinas Generales, me llené de ira. Me daba mucha rabia ver cómo hablaban tan mal a mis compañeras, que sabía porque las trataba a diario que eran las más bellas personas del planeta. Al mismo tiempo, me fascinaba cómo capeaban a los alumnos, se hacían fuertes y acababan demostrándoles que, no sólo no iban a permitirles esos humos sino que quien tenía la sartén por el mango era ella y que más le valía respetarla y ser educado.

Como es fácil de imaginar, los que más iracundos estaban eran los que menos razón tenían en sus quejas. Los que presentaban problemas o solicitaban cosas que estaban fuera de toda duda, se tramitaba en el acto y sin trabas, por lo que no necesitaban ejercer sus derechos como clientes. Lo que aprendí en esas oficinas fue para mí otra asignatura más de mi personal carrera de la vida. Pussar och kramar!

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