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El rey de la casa


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Ayer me encontré por casualidad con una amiga de la Facultad. Fue en el trabajo. Salía yo del almacén de la revista y ahí estaba, al lado de la puerta. Fue ella la que me reconoció primero y la que más flipó, porque verme salir de detrás de una puerta gigante de hierro azul petróleo no es algo que se vea a diario. La cosa es que yo también me quedé sorprendidísimo... una sensación que dio pie a una inmensa desazón, incomodidad y, por qué no decirlo, pena.

Me explico. Ella no era una amiga más de clase. Se podría decir que éramos uña y carne en bastantes aspectos. Profesionalmente, teníamos una química y coincidíamos tanto, que trabajar en equipo era convertirnos en una única máquina. Además, en asuntos personales,también nos teníamos el uno al otro si hacía falta, como, por ejemplo, acompañarlos a pruebas de sida o en esas depresiones múltiples por las que pasa cualquier jovenzuelo. Ella conocía muchas intimidades mías, así como yo suyas. Decir que no éramos grandes amigos es faltar a la verdad.

Tras la carrera, seguimos el contacto. Durante años, nada cambió, salvo la distancia. Pero no fue ésta la que, de un plumazo, se cargó todo lo que había. De hecho, fue volver ella a Madrid, a intentar una vez más su sueño de hacer televisión, y perderse del mapa. Nada hay más complicado que mantener una amistad cuando una de las dos partes no está interesada. Al final, la otra, por mucha paciencia que tenga, acaba tirando la toalla. Y eso es lo que hice.

Sin embargo, eso no quita que no me dé pena, porque los sentimientos eran reales. Ayer me petrificó que su actitud fuera la de una vieja compañera, como si se hubiera encontrado con alguien con el que hubiera tenido un contacto muy superficial durante la carrera. Me sonrío de verdad, me preguntó qué tal estaba y todo eso, pero yo sólo quería salir corriendo. No lo puedo evitar, si alguien se va de mi vida por su propio pie, lo siento mucho, pero nada de hacer como si no hubiera pasado nada.

Afortunadamente, estaba de visita por mi empresa, por lo que no creo que la vuelva a ver en mucho tiempo. No creo que pudiera llevar bien que estuviera allí de diario, me tendría que obligar a volver a ser 'algo', una mínima amistad, porque lo contrario me jodería bastante. Y sé que la culpa de todo esto es mía, porque no supe ver en qué momento nuestra amistad dejó de interesarle en los mismos términos que a mí. Lo peor es que pensaba que tenía bastante bien enumerados los cadáveres que llevo a la espalda. Ayer me di cuenta de que hay más de los que yo creía. ¿Alguien tiene el secreto para deshacerse de ellos? Pussar och kramar!

7 comentarios

  1. ace76  

    La verdad es que menuda situación más incómoda... Pero, por otra parte, ¿no te hizo nada de ilusión volver a verla?

    Aunque bueno, supongo que si yo me encontrara con algunos elementos de mi pasado, compañeros del colegio básicamente, lo que menos me haría el volver a verlos es ilusión. Hay heridas del pasado que, aunque cerradas y cicatrizadas, a veces duelen.

  2. Nils  

    Ace, fue muy raro, no lo disfruté. Tampoco es que fuera un castigo insoportable, pero era demasiado extraño todo...

  3. starfighter  

    Entiendo que te haya resultado incómodo y dado algo de pena sobre todo por una amistad que pudo haber seguido y no lo hizo por su culpa. Por desgracia, los cadáveres se están convirtiendo en zombis, de vez en cuando vuelven a la vida y reaparecen fugazmente para incordiar un poco. Prefiero no molestarme ni en contarlos.

  4. Ángel  

    Esta semana santa tuve yo una experiencia similar con otra amiga. Esa sensación tan desagradable de extrañeza ante lo familiar. Hasta ahora se desconoce el remedio.

  5. Nils  

    Starfighter, más que contarlos, tenerlos localizados... que mas vale malo conocido.

    Ángel, pues si un doctor como tú no tiene el remedio, mal vamos.

  6. Sufur  

    A mí no me gusta nada nada enocntrarme con cadáveres del pasado... ¡y tengo una ciudad castellana llenita de ellos! Lo siento, no tengo receta para librarte de ellos :-(

  7. Peritoni  

    Completamente de acuerdo, me pasa igual, pero no tengo la receta. Salvo huir...

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