
Hoy llega el rubio de Malta. Ha estado allí tres semanas, pero a mí se me ha hecho muy largo, como si hubiera sido un mes. Y no vuelve a casa cargado de turrón, en plan ¡sorpresa! y tú te llevas la alegría, das unos saltos y le abrazas. No. Su avión debe aterrizar a las 23.40 h. de la noche, una hora muy apropiada para los que el lunes trabajamos temprano, y hay que ir a recogerlo. Además, si habéis venido alguna vez a CPH lo sabréis, el aeropuerto no está precisamente cerca y hay que coger un tren, metro o un coche (a las 14.00 horas se celebra, ante el Ilustrísimo Notario del Colegio de Copenhague, el señor Magnus Carlssen, el sorteo extraordinario de qué amigo me lleva a Kastrup, el aeropuerto). En fin, que tengo muchas ganas de que llegue Lu, pero ya podía haberse pillado otro vuelo. Lo único que espero que Alitalia no haga de las suyas y no lo deje en Roma-Fiumicino (donde hace trasbordo) más horas de la cuenta, porque entonces ya sí que no voy yo hasta allí.
En los aeropuertos es donde la gente payasa pasa más desapercibida, porque todo el mundo se dedica a dar abrazos, hacer aspavientos y llevar pancartas raras. Cuando hablo de payasos me refiero a esas personas que no tienen ningún reparo en hacer el bobo por la calle, saltar, cantar, dar cabriolas y demás sin venir a cuento y en cualquier situación. Esa gente que en medio de un bar no tiene ningún problema en hacerse amigo de quien sea cantando algo, teniendo una conversación absurda y diciendo gilipolleces que le ponen más bien en ridículo, aunque el payaso opine que está quedando de puta madre y que es un colega que te cagas. Ese tipo de personas, por lo habitual, conoce a otros payasos, por lo que, obviamente, montan el circo a nada que pueden, porque ellos son así, porque 'semos graciosos cantidad' y porque se ponen el mundo por montera.
El problema no es que hagan paridas, que allá ellos. La cosa se complica cuando un payaso se topa con una especie completamente contrapuesta: el rancio. Es decir, esa persona que siente vergüenza ajena cuando alguien llama la atención de la gente que va por la acera, el que se quiere morir cuando un amigo en el metro se pone a cantar con el mendigo guitarrista de turno, el que prohíbe a una amiga acompañarle a unos grandes almacenes porque 'entrena' para relaciones públicas llamando a los empleados por su nombre (mira la chapita) y presentándose o el que debe presenciar cómo sus amigos heteros (los gays no lo hacen, misterios hormonales genéticos) se dedican todas las noches a hacer un calvo en una fuente concreta a la gente que pasa (bueno, esto tampoco está tan mal, pero se pasa vergüenza igualmente y sólo miras por un ojo, el otro lo tienes tapado con la mano).
El caso es que, al igual que con los imanes, payasos y rancios terminan uniéndose siempre y sin remedio, y acaban siendo amigos íntimos. El primero se obliga a morderse la lengua y paralizarse las piernas, aunque sea a patadas, cuando siente las imperiosas ganas de ser él mismo en medio de una multitud; y el segundo intenta que no se note que se pone azul en ciertos momentos de extroversión del compañero y su manga empieza a ser ancha y no tan apretada a la muñeca, incluso participando mínimamente, como extra, en algún momento. Sin embargo, tanto uno como el otro saben que por dentro siguen siendo el mismo. Sobre todo el rancio, que siente vergüenza incluso al plantearse hacer el gamba en un vídeo del mismo modo que Tiziano Ferro lo hace en su homenaje a Raffaella Carrá. Krammar!





















































